Jerez: el sentido institucional y la enhorabuena para el Consejo y la Yedra

El Señor de la Sentencia presidiendo el pasado lunes el Vía Crucis de las Hermandades.
El Señor de la Sentencia presidiendo el pasado lunes el Vía Crucis de las Hermandades. / Samuel Vega

25 de febrero 2026 - 05:23

No ha mucho, gracias a la gentileza del Grupo Joly, pude aprender por largo -en vivo y en directo- de las enseñanzas dictadas -con voz autorizada, o sea la suya- por el actual -y reelegido- director de la Real Academia de la Lengua Santiago Muñoz Machado. Palabras mayores. El encuentro -selecto- tuvo lugar en los interiores salones señoriales del sevillano Hotel Alfonso XIII -¡anonada su impactante combinatoria palaciega de raíces del neomudéjar y el regionalismo andaluz!-. Si el contenido -esto es: el magisterio- de la charla alcanzó cotas -no únicamente lingüísticas- rayanas a la incontestable cátedra que domina, domeña, limpia y da esplendor al idioma, el turno de ruegos y preguntas -por expresarlo en términos coloquiales- no le fue a la zaga. Nadie paró en barras a contrapelo. Y hubo quien, tal el preclaro abogado y eximio cofrade Joaquín Moeckel, elevó una propuesta, bajo una tutela ortodoxamente léxica, a propósito del término ‘ojana’ digna de pronta ovación. Joaquín es un ser de luz cuya inteligencia a todos (nos) beneficia. Bien: entre picos (nunca pardos) y micos (jamás peludos), Santiago Muñoz dejó caer casi de soslayo una apreciación -a la postre, aseveración- tan certera como definible. Vino a decir, grosso modo, que las instituciones siempre salvan y sostienen épocas de graves o gravísimas crisis sociales. Esto es: cuanto todo descarrila a la deriva, y un país o un continente o, por constreñirlo al ámbito territorial de menor extensión, una ciudad pierde el norte, las instituciones sostienen la navegación hasta el advenimiento de tiempos más favorables. Quienes bien me conocen, saben a ciencia cierta mi férrea defensa de la institución -cualquiera que fuese- en su indistinta conjugación singular y/o plural. El número no obsta para la valoración, el tratamiento, el respeto -la asunción del deber, el compromiso con lo ético, con lo formal, con lo canónico-. Una persona puede perder casi de todo menos el sentido institucional. Aquellos que así no obran, yerran, patinan: a más inri cuando -considerándose miembro o parte integrante- anteponen las filias, las fobias, el personalismo, el chusco afán de poder y el padecimiento -caricato convexo- de la aristofobia a este tratamiento que (aposta) repito intencionadamente: el sentido institucional…

¡Cuán cogidos caminan de la mano, en las cofradías, el protocolo y el sentido institucional! Este campo invita a la siembra -al análisis periodístico-. Y un sí es no es que tomo buena nota. Todo se andará antes que de nuevo cante Bartolito el gallo. Traigo a colación el asunto porque antier lunes -estando un servidor acompañado por dos cracks del ingenio y la jerezanía: Atilano Pacheco y Luis Lara- pude observar a la altura de la Plaza de las Angustias cómo la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Esperanza de la Yedra -enfilando las primeras calles del itinerario de ida del Vía Crucis de la Unión de Hermandades- había colocado, delante de la presidencia y como cierre de su largo y nutrido cortejo de hermanos, a todos los ex hermanos mayores de la cofradía. Otorgándoles prelación a otra suerte de autoridades más o menos significativas. Al margen del patente conocimiento en materia de protocolo que evidencia el equipo presidido por César Augusto Díaz Narváez, asimismo los dirigentes de esta hermandad de la Madrugada Santa hacen prevalecer el objetivo dictamen de la historia corporativa: quiere decirse (¡y ya van tres!): el sentido institucional.

Enseguida me dije: ¡tate! Primer guiño de un acontecimiento deslumbrante -con puro sabor a tradicional primer lunes de Cuaresma- cuyo desarrollo propició criterio cofradiero, rezo, meditación, serenidad interior, ritmo y pausa, confesión y plegaria, interiorización y multitud de jerezanos de principio a fin. Enhorabuena, por ende, al Consejo que preside José Manuel García Cordero y a su vez a la Hermandad de la Esperanza. Ambas “instituciones” estuvieron a la altura gestando y gestionando un trabajo encomiable -de ímprobo esfuerzo y cuido incluso de minúsculos detalles (empero dotados de ancho significado y de sólido fundamento)-. Cuanto el Consejo y la Yedra han regalado a Jerez merece nuestra máxima consideración. El conjunto de las andas, la portentosa túnica, la elección del recorrido, la amplísima participación de hermanos que antecedieron al Señor de la Sentencia, la música coral tan propia y propicia a la naturaleza del acto, el respetuoso comportamiento de quienes acompañaban y de quienes presenciaban… Participantes todos. Las saetas -ay, ese cante y canto por martinete de Eva la del Cristo, y las de Luisito Santiago Jaén, Juan Guede o el Berenjeno-. La sentencia de Cristo constituye uno de los momentos más trascendentales, para los cristianos, que observaron los siglos. Su injusticia nos mueve a comprender cómo la cruz -tal símbolo de sufrimiento y entrega- es también fuente de vida nueva. De propuesta a la conversión. Jerez respondió a la llamada del dueño de la Plazuela, sí, con la lealtad y la humildad -¡el amor!- que señalan el Camino, la Verdad y la Vida del Mejor de los Nacidos.

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