Luto en la Albarizuela: ha muerto Luis Galván

Luis Galván, primero por la derecha sentado, en una reunión de cofrades de la Coronación.
Luis Galván, primero por la derecha sentado, en una reunión de cofrades de la Coronación.

11 de febrero 2026 - 05:22

La muerte no superpone adverbios. Tampoco entreteje sintagmas nominales. Ni siquiera, como Nicomedes Pastor Díaz, cultiva la octava italiana de pie quebrado. La muerte hoy, mes de febrero del año en curso, jamás será balada de plata con tendencia al neopopularismo. Sí, por el contrario, binaria trenza que, a los sones de las cornetas que interpretan ‘Silencio Blanco’, nos anticipan un signo tan cofradiero como la prelación de los contrastes. La Andalucía de los contrastes. La mentalidad de los contrastes. La religiosidad popular de los contrastes. Por esta razón el luto ahora es negro y blanco de la capa de la Hermandad clásica del Domingo de Ramos que dibuja el lance de una chicuelina a la excelencia del tiempo ido. Si los cofrades de la Coronación son maestros en descontar los días que restan para el alfa de cada Semana Santa, también estos entusiastas hermanos con sede en la soleada capilla de los Desamparados asimismo acumulan almanaques de fechas redondeadas por la cuadratura de una esquela. ‘Mis amigos muertos’, así tituló uno de sus excepcionales libros Juan Ignacio Luca de Tena. Los fallecidos que hoy recuerdas con claridad meridiana representan el comprobante de la insoportable levedad del ser. “Amigos: a vosotros estos versos de ofrenda”, escribió Gerardo Diego.

El senado de ilustres nombres propios de la corporación iluminada por el resplandor del blanco rostro de la Virgen de la Paz en su Mayor Aflicción va despareciendo gradualmente como en la broma pesada de un espejismo con ecos del tempus fugit tan de Valdés Leal. Nadie sale ileso de los tajos que propina cuanto, a veces desaforadamente, dimos en llamar ley de vida -cuando, en puridad, nos referimos al dictamen de la muerte-. En el bronce de la memoria se refleja -quizá imperceptiblemente y siempre como de costadillo- la morfología de un estruendo: el eje bullidor del ocaso vital: el torniquete de lo irrevocable: el advenimiento del epílogo: el fallecimiento con titulares de identificativos nombre y apellidos. Es la cornada de la hora incierta. En la larga estación de penitencia que al cabo constituye la biografía del cofrade de manoletinas toreras y antifaz negrísimo existe una reválida de la honestidad consigo mismo: presenciar la recogida del paso de palio desde el interior de la sede canónica revestido de la túnica nazarena…

Luis Galván Muñoz, el caballero impoluto, un señor de modales a la antigua usanza -la corrección por bandera- ha regresado al divino templo de una sede que precisamente no tiene estrechez de capillita sino anchura de celeste eternidad. Octogenario, Luis conservó intacta su imagen durante décadas. El pelo cano peinado con lineal carrerilla, las gafas de un cristal de claroscuros siempre duales como dual es el maridaje de la empatía y la exquisita educación, la amabilidad como una virtud reservada para elegidos, la elegancia en el vestir como distinción de un respeto social y socializador. Luis paseando las calles Medina arriba, Fontana abajo. Dialogante, adepto al punto medio, refractario de los extremos, colocaba la razón y el raciocinio y el razonamiento en medio de la discordia, el talante calmo, la comprensión abierta. Bajo las pestañas de la añoranza se aviva el lagrimar de un estremecimiento. El recuerdo reaviva la verdad de los hechos y, a través de su trémulo bordón, Luis regresa otra vez a diario, con andar pausado, a su domicilio de la calle Évora y sonreirá a quien, además de esposa, siempre consideró amiga, confidente y niña de sus ojos: Charo Badillo. Luis, de joven, llevando a sus hijos Juan Carlos y Jesús de la mano...

Luis saludando cortésmente a su vecina Manuela Ruiz González. Luis, de secretario en la Junta presidida como hermano mayor por Manolo Piñero y compartiendo labor dirigente con el mayordomo Manolín González, el tesorero José Castro y el director de cofradía Paco Lucena. O como teniente hermano mayor en el equipo encabezado por Silverio Cabrera y clásicos de la envergadura cofradiera de Manuel Liaño (fiscal), Paco Coro (prioste) o el recordado José Luis Larraondo (diputado de cultos). Ha fallecido avalado por el número 3 que colgaba de su antigüedad en el libro de miembros de la hermandad a la que siempre quiso como se quiere a la institución por la que trabajas a menudo silentemente. Una golondrina suelta, sola, única, vuela a media altura quebrando albores en el aire limpio de la calle Don Juan. Su trayectoria ahora es vertical ascendiendo hacia las nubes de algodón con olor a melancolía. Golondrina negra y blanca, como los contrastes del santo hábito nazareno de la hermandad de empaque y torería que atesora en su haber un largo tramo de insuperables cofrades de leyenda.

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