
La Rayuela
Lola Quero
Puente de plata a la privada
Descanso dominical
Admiro a la gente con buena memoria. Les contemplo absorto mientras recitan sin inmutarse la lista de los aperitivos que se sirvieron en las segundas nupcias de una excuñada. En 2002. El mismo día que Letonia ganó Eurovisión por primera y única vez. Mientras los oigo, una voz en mi interior me saca del éxtasis para confesarme que hay bodas en las que ni siquiera recuerdo haber estado. Qué desastre.
Los que somos torpes de memoria sabemos que hay una vida oculta entre nuestros olvidos. A veces viene alguien y nos sorprende con un recuerdo que extraviamos en el trasiego de los días cotidianos. Parece que lo hubiese encontrado de repente al doblar una esquina, semienterrado en una duna, al fondo de la buhardilla, en un sobre con tu nombre… Te alegras como cuando recibes una postal por sorpresa. Y entonces miras la foto y rescatas ese momento que, no sabes cuándo, se te había caído del pensamiento. O no. Hace poco un amigo rememoraba con entusiasmo un verano de principios de los noventa en el que, según él, algunas tardes cuidamos de las vacas de su tío paterno en un establo pasando la barriada de Las Flores. Yo juraría que nunca le he hablado de cerca ni de tú a una vaca, pero él, que no da crédito de mi desmemoria, perjura que una vez fuimos vaqueros de extrarradio. No me acuerdo, pero me encanta.
Además de que te permite redescubrir insólitos pasajes de tu propia existencia, lo bueno de tener una memoria distraída es que no discrimina y, a cambio de no recordar nunca un chiste, logras también enmarcar en el más perfecto de tus olvidos algunos elementos extraños, personajes y capítulos que no merecen, desde luego, ocupar sitio alguno. Se vive con más paz si no tienes gasolina para los rencores. Aquí no sucede como con los políticos de nuestro país, que airean y manosean el pasado demostrando una lucidez fascinante o todo lo contrario según les convenga. A la carta. Ya saben.
La memoria del individuo, la íntima y personal, es nuestro patrimonio más sagrado. Por eso, más allá de los despistes ocasionales, no hay castigo más cruel para nadie que ser abandonado por todos sus recuerdos. Hay muchas familias sufriendo el zarpazo de esas enfermedades que arrojan al vacío vidas enteras de forma inmisericorde. Y muchos profesionales de la medicina y la ciencia investigando para poner cerco y enseñarle los dientes al Alzheimer y otros males igual de crudos y despiadados. Es obvio que hace falta más investigación, más presupuesto, más compromiso y apuesta de nuestros gobiernos e instituciones; hace falta encontrar pronto ese ansiado antídoto contra el olvido. Es urgente que esa canción, esa cara, ese amor, esa vida se queden para siempre en la memoria, que es donde tienen que estar.
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