Monticello
Víctor J. Vázquez
Lo que mueve un cuerpo
Un conocido jurista argentino, vanguardista del derecho y hoy tecnoutópico, además de querido amigo, acaba de otorgar testamento ante notario sobre su existencia digital. En él capacita a sus hijos para que hagan uso de todos sus datos biométricos, cerebrales y digitales, así como de su rostro y la prosodia y patrones de su habla, para que en el momento en que los sistemas robóticos sean capaces de mimetizar los movimientos y expresiones faciales de los hombres con precisión, éstos creen y entrenen un sujeto artificial que reproduzca su imagen y su personalidad, que hable con su voz y que participe en el mundo de los vivos con la misma identidad moral que lo hubiera hecho él. Sus hijos serán los únicos custodios de esa existencia digital postrera. Al leer estas últimas voluntades me ha venido a la mente Spinoza y una de las proposiciones más glosadas de su ética, la que dice: nadie sabe lo que puede un cuerpo. Para el filósofo, el cuerpo mueve al alma, de tal forma que cualquier esperanza necro tecnófila que desprecie la carne, como la que alberga mi amigo, no sería sino otro sucedáneo supersticioso e imposible de la inmortalidad. Estaríamos ante una muestra más de la tenacidad del cuerpo, de su relevancia determinista, en un mundo que vislumbra, entre lo utópico y lo distópico, una inteligencia artificial etérea, totalizadora y sustitutiva. Como nos enseña ahora una estirpe descarnada de artistas, a la manera de Ángela Liddell, el cuerpo excede aún las formas que quieren capturarlo. Tenaces son los cuerpos y sus querencias también frente a los opositores al hedonismo carnal que adoctrinan sobre el riesgo del contacto, la incomodidad de los besos y las virtudes de la profilaxis social puritana. Esta apología del cuerpo rácano, así como el afán por la superación de la carne, no sólo nos rechina desde una tradición en la que escuchamos litúrgicamente “tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo”, sino también desde ese materialismo, probablemente ateo, del filósofo sefardí para quien cuerpo y alma son lo mismo y, por lo tanto, oponerse a las potencias del primero es una oposición también al pensamiento. El valor de los cuerpos, su capacidad de afectar y ser afectados, nos ha manifestado esta semana su dimensión también política. El cuerpo de una madre tiroteado en su coche ha revelado, salvo a ciegos y malvados, el régimen cultural de crueldad que avanza en USA. El deseo femenino por desvelar su pelo, por mostrase, que inunda Irán, revela una esperanza excepto a nuestro silente feminismo ayatolá. Nadie sabe tampoco lo que niega un fanático.
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