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Antonio Porro

Una noche jerezana en el Teatro Real de Madrid

Ismael Jordi, junto al autor del artículo en el Teatro Real de Madrid. Ismael Jordi, junto al autor del artículo en el Teatro Real de Madrid.

Ismael Jordi, junto al autor del artículo en el Teatro Real de Madrid.

La plaza de Oriente es mi lugar favorito del viejo Madrid. Quizás sea el rincón de esta ciudad en el que se pueda respirar más y mejor historia. Pone fin a las callejuelas “austriacas” que distraídamente y sin quererlo, guardan cierto parecido con las de nuestra ciudad; y, simultáneamente, al mirarla en su amplitud, nos recuerda el antiguo empeño de nuestros antepasados gracias al que hoy en día nos resulta más sencillo comprendernos con millones de personas que están al otro lado del mar, que con los que compartimos una pequeña península en el sur de la antiguamente sabia Europa.

Pero además de palacios, catedrales y estatuas de reyes visigodos cuyos nombres olvidamos los hijos de las reformas educativas del ahora conocido como “régimen del 78”, muy cerquita de esta plaza madrileña se encuentra uno de los templos de la lírica más importantes del mundo occidental: el Teatro Real.

El Teatro Real de Madrid, situado en la formalmente denominada como Plaza de Isabel II, conocida popularmente como “Plaza de la Ópera” –vecina de la casa del amigo de esta sección, nuestro paisano el Ratón Pérez–, muro y frontera oriental de la plaza del mismo nombre; desde hace unos días atrás, en las noches de este nuevo y poco normal mes de julio, tiene un acento especial.

Y es que el que quizás sea nuestro artista más internacional, el jerezano Ismael Jordi, está interpretando en dicho Teatro a Alfredo, el protagonista masculino de una de las óperas más reconocidas de la historia, ‘La Traviata’, del italiano Giuseppe Verdi. Este tenor, cuyo nombre encabeza los carteles de los templos de la ópera más emblemáticos del mundo es, sin duda, uno de los mayores activos de nuestra tierra, cuyo éxito nos consuela aún más si cabe, en estos tiempos de pandemia y melancolía.

Por fortuna, hace unos días, pude presenciar la actuación de Ismael Jordi en el Teatro Real madrileño, quien he de decir que, a pesar de la gran humildad que le caracteriza, en el escenario se convierte en alguien muy grande. Con una fuerza y perfección sinigual, te atrapa desde el inicio hasta el final con su genuina interpretación de uno de los papeles épicos de la ópera universal.

Aún mejor que eso fue que, cuando terminan los aplausos, y vuelve a ser Ismael, es aún más privilegio tratar con él. Días antes de saber que iba a ir a verle a actuar, y sin apenas conocernos, me atreví a escribirle, y enseguida me llamó, enseñándome la fórmula secreta para, después de la actuación, poder entrar en el corazón del Teatro, y adentrarme hasta los camerinos y darle un abrazo.

Una vez el imponente Teatro Real quedó en silencio, hice lo que me dijo este socio de honor de la Asociación Jerezanos de la Diáspora: “Tú di a cualquier azafato que quieres ir al camerino a ver al tenor Ismael Jordi”. Así hice, y tal y como él me adelantó, me acompañaron, tras pasillos escondidos, hasta el centro de inspiración de las grandes figuras de la lírica de nuestro país.

Y ahí estaba Ismael, rodeado de ministros y altos funcionarios europeos que, al igual que yo, no habían podido dejar de ir a ver actuar a nuestro tenor. Pero, a pesar de la altura de sus visitantes, en cuanto me vio, delante de todos, –guardaespaldas incluidos– levantó la cabeza y dijo en alto: “Viva Jerez y la gente buena”. Ya no era Alfredo, era Ismael. Un hombre honrado, trabajador y ejemplo vivo de que, con esfuerzo, puedes conseguir lo que te propongas hasta llegar a ser, como él, una figura de la lírica internacional.

Una vez nos pudimos quedar solos, junto con su mujer María Ángeles, me enseñó su camerino. “Como verás, lo tengo lleno de santos, que siempre me ayudan y acompañan”, me dijo al entrar. Eso me hizo recordar que, en mis exámenes universitarios, mientras mis compañeros dejaban estuches y bolígrafos de colores en los pupitres, yo siempre fui con un simple bolígrafo azul y una estampa de la Virgen del Mayor Dolor. Costumbres de las que, los que somos de Jerez, y tenemos la fortuna de la fe, no nos podemos desprender.

Mientras Ismael y María Ángeles recogían todo para poder descansar y se iban apagando las luces de los camerinos, hablamos de sus proyectos presentes y futuros: Amsterdam, Nueva York, Roma o Tokyo… tras lo que, impactado con tanta ciudad de película, no pude evitar preguntarles a ambos: “¿Pero vuestra casa dónde está?” A lo que los dos contestaron al unísono: “Nuestra casa está en Jerez”.

Tener entre nosotros a una figura como Ismael es un auténtico orgullo. Él, como casi pocas personas en el mundo, puede elegir el punto de los cinco continentes en el que desee vivir. Pero, a pesar de lo bien que suenan las grandes capitales del planeta, no duda. Y elige lo que conoce y ama: Jerez. Eso sí, cada vez que actúa, con una magia que sólo él posee, provoca que en los lugares más insospechados del mundo, por un momento, los baluartes de la cultura occidental tengan un acento especial, y no suenen ni a Viena ni a Roma, ni a París, sino a una ciudad, pequeña pero genuina, del sur de España: Jerez de la Frontera.

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