Manolo Romero Bejarano

El sanatorio de Paimio

TURKU duerme en su eterna mañana de mayo. Antigua capital del país y perla del imperio de los Romanov en el Báltico, apenas queda aquí nada de la Rusia de los Zares. De hecho, parece un lugar sin pasado. Un restauradísimo castillo, una iglesia desnuda y dos cuarteles neoclásicos se pierden en la ordenada trama de anchas avenidas observadas por miles de ventanas gigantescas. En medio, el río Aurajoki se deja arrastrar al cercano mar mientras acuna varios restaurantes flotantes. Un ejército de gigantescos árboles vigila la ciudad somnolienta, en la que empiezan a aparecer unos pocos paseantes y alguna bicicleta.

Nos sorprende una biblioteca de ensueño repleta de gente, en la que las mamás llevan a sus bebés a morder libros y jugar en salas enmoquetadas. Mientras, los jardines empiezan a llenarse de figuras descalzas, rubias y sonrosadas que vienen a disfrutar del sol. La Paz existe, está en la esplendorosa primavera de Finlandia, en el leve murmullo de las calles de Turku. El día pasa con lentitud por el mercado de la plaza en el que las flores conversan en voz baja con las fresas, mientras la luz clara del Norte se va adueñando de todo. No hay monumentos. No hay museos. Una esquina basta para montar guardia y contemplar el prodigio del paso del tiempo.

Muy despacio, montamos en un autobús de línea que navega con calma hacia el campo, y nos muestra granjas perfectas de paredes coloridas y tejado blanco, un millón de pinos y abetos que se inclinan corteses a saludarnos. Nuestro destino es Paimio.

Tras la guerra de independencia que Finlandia libró contra el imperio ruso en 1917, una gran epidemia de tuberculosis asoló la población. Durante aquellos años, el único tratamiento para esta enfermedad era el reposo, la prolongada exposición al sol y respirar aire puro. Con estos condicionantes, Alvar Aalto realiza un proyecto en 1929 para un hospital antituberculoso en la ciudad de Paimio, que a la postre sería no sólo un modelo a seguir para futuros hospitales, sino uno de los principales exponentes del organicismo nórdico.

El Sanatorio aguarda callado. Desparrama por el prado su mole blanca y hermosa, salpicada de toldos verdes y naranjas. Hoy es una clínica infantil rodeada de una selva de abedules que frena el viento y ha impedido que se pierda la memoria de Aalto y sus tísicos dolientes.

La visita es libre, y nos unimos a un grupo de arquitectos norteamericanos. La guía es oronda y se pone roja como un tomate al subir cada tramo de escalera. Pero, entre jadeos, nos demuestra que posee el don de la elocuencia, haciendo que revivamos las penalidades de los enfermos de otros tiempos. El ascenso es lento a través de pisos de diferente color unidos por barandillas redondeadas. Las salas resplandecen, limpias y llenas de luz, mientras que a lo lejos se escabulle el personal sanitario. Desfilamos ante vitrinas repletas de instrumental histórico y en uno de los descansillos, aparece la silla Paimio, un suspiro negro y ondulado diseñado por Aalto para que se postrasen los pacientes.

Un ala conserva una de las habitaciones originales, puro sol, puro bosque, pura delicadeza. Los picaportes de la puerta están concebidos para que las mangas de las batas no se puedan enganchar. Los grifos de los lavabos están colocados de tal manera que el caer del agua haga el menor ruido posible. El techo es de un bonito color verde claro procurando la calma y el sosiego a los pobres tuberculosos. Es como si el propio Alvar Aalto arropase a cada uno de los enfermos y les diese un beso en la frente antes de dormir.

Continúa el ascenso, y ya en el quinto piso el rostro de la guía comienza a ofrecer tonalidades moradas. Con el resuello medio perdido, continúa su magnífica exposición, relatando la penosa vida de los internos. Llegamos al séptimo y último descansillo para regocijo de la corpulenta finesa. Aquí, una camilla sostiene un saco de cuero forrado de piel de reno. Alguien pregunta. Excuse me, what were patients supposed to do with this? La respuesta está detrás de una puerta. Una inmensa terraza recorre todo el frente del edificio, abriéndose al maravilloso océano verde. Cada día, los pacientes eran sentados al aire libre durante varias horas a respirar y tomar el sol. Si hacía calor, a cuerpo gentil. Si nevaba, dentro del saco. Vigilados por una enfermera. Sin fumar. Sin hablar. Sin leer porque el peso de los libros dificultaba la entrada de aire en los pulmones. En silencio santo frente a la preciosa madre naturaleza.

Alguien dijo que la arquitectura de Paimio era capaz de curar. No sé si esto será cierto, pero estoy seguro de que este sanatorio puede ser testigo de una de las más hermosas muertes posibles.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios