Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Tinta y contexto del golpe
No hay hombre ni profesión ni estado que no tenga su secreto. Los secretos a voces, el secreto profesional, los de alcoba, los de familia, los financieros, los de confesión. Los secretos de Estado. El secretito en reunión. Las organizaciones secretas. Los secretos extravagantes. Todos tenemos y guardamos secretos. Convertimos la mente en una pequeña e ilusoria caja de caudales en la que custodiamos, a buen recaudo, secretos propios y ajenos. Ahora se les llama eufemísticamente “información sensible”. En este mundo digital de usuarios y contraseñas, nuestra intimidad se ha convertido en un número de tarjeta, en una clave de acceso, en un pin, en una combinación de dígitos, mayúsculas y símbolos. Eso somos, pura criptografía.
Qué tienen los secretos. Los secretos tienen el prestigio del misterio y su fragilidad. Deben ser confiados a quienes muestran la habilidad de guardarlos en una lengua bajo siete llaves, sellada con palabritas del Niño Jesús. Es difícil soportar un secreto a solas y no caer en la tentación de contarlo. Hay quien lo revela como quien comparte una pesada carga, buscando liberarse. A veces forman una quebradiza cadena de confianza, de un íntimo amigo a otro, hasta que al final se rompe porque no hay manera de esconder un secreto que todo el mundo conoce. Se olvidan o se graban a sangre y fuego. Yo soy de olvidarlos, no hay armario más oculto y respetuoso que la desmemoria.
Existe toda una teoría general sobre el derecho de los secretos que los divide en tres clases: el secreto natural, descubierto por casualidad; el secreto prometido, que nace de una promesa de guardar silencio después de conocerlo y el secreto confiado, que nace de una promesa antes de conocer la confidencia.
Nos tienen locos, más bien distraídos, divulgando secretos. Despertando el morbo de aburridos y curiosos. Los secretos de Epstein, que viene a ser un matón de los secretos, un delincuente sexual que hacía caer a sus presas en lo peor para después extorsionarles a cambio de guardar sus sórdidos secretos. Los del 23-F, que poco tienen de secreto. Más que la Anatomía de un instante, habría que hacernos la radiografía de un pueblo tan cafre y olvidadizo, tan proclive a la desconfianza, a destruir lo que tiene. Más dado a creer en la conspiración y la mentira que en los cerca de 50 años de democracia que nos hemos dado entre todos. No hay realidad que soporte este secreto.
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