Alberto Núñez Seoane

El tiempo que dejamos perder

Tierra de nadie

09 de octubre 2023 - 02:03

Somos tan insensatos, que no damos valor a lo que más lo tiene. Imprudentes, hasta el punto de vivir como “si llevásemos otra vida en la maleta” -advertía Ernest Hemingway-. Lo único que se escapa, por completo, a nuestro control, lo único que no podemos comprar ni encontrar ni siquiera conseguir de prestado, el tiempo, lo usamos sin cuidado y con derroche, lo mal aprovechamos, lo desperdiciamos, permitiendo que se lleven unos pedazos que nunca podremos recuperar.

Si utilizásemos la razón, en lugar de someternos al instinto, muy otra sería nuestra actitud. Actuaríamos, entonces, con plena consciencia de lo escaso de su alcance, de lo extremadamente corta que terminará siendo, siempre, su compañía; tendríamos conciencia precisa de la importancia que ahora ignoramos. Cuándo la decisión sea ya presa de lo inevitable, rectificar no será factible, pues precisaríamos de una parte, demasiado extensa, de ese tiempo que hemos dejado marchar sin estar, como si el paso de ese tiempo, nunca suficiente, fuese algo que nos pudiésemos permitir ver pasar, sin vivirlo; dejarlo ir, sin exprimirlo; acontecer, sin decidir.

Echaremos, entonces, la vista atrás, veremos la estúpida condescendencia con la que hemos consentido dilapidar instantes que no supimos apreciar, no en la medida de lo valioso que todos fueron; lamentaremos haber dejado transcurrir horas y días y meses y años enteros, como si no tuviesen final, como si después de uno siempre hubiese otro por venir, como si de ellos pudiésemos disponer hasta hartarnos … Pero será tarde ya, demasiado tarde.

Ni en cien vidas, harto longevas, dispondríamos de las horas necesarias para aprender una pequeña parte de lo que nos haría falta para acercarnos a los sabios, conocer sus enseñanzas, aprender de su ejemplo, asimilar sus lecciones. Un tiempo, que no tenemos pero despreciamos, para mirarnos de frente, hablarnos y decirnos todas esas verdades que hemos vestido de piadosa mentiras, vulgar falsedad, o mezquino engaño.

Incluso el más sabio necesita de la experiencia para conformar su carácter, y la experiencia requiere de tiempo para que podamos enriquecernos con ella. Sin embargo, aun siendo capaces de entender -si nos ponemos a ello- que el tiempo con el que podamos contar no llegará para llevar a cabo ni una pequeña parte de lo que quiera que tengamos pensado hacer con nuestras vidas, actuamos como si dispusiésemos de él en cantidad ilimitada. A esto también se le ha de considerar estupidez.

Sólo hay un modo en el que podamos impedir que sea el destino quien maneje nuestro tiempo, en lugar, como hemos de intentar que ocurra, de decidir como emplearlo para modelar el destino en el que vamos a vivir: ser dueños del tiempo que se nos ha dado. Y esto es posible.

Poseer, además de otras acepciones, quiere decir “tener el control”. Si nos hacemos con la posibilidad de decidir sobre cómo hacemos uso de los días en los que somos, además de existir, podremos vivir. No se trata de sumar albas o añadir crepúsculos, se trata de sentir cada mañana y soñar cada uno de los atardeceres, porque cada momento es uno y diferente, porque no se repiten, ni regresan los que ya han pasado, porque cada día -no importa los muchos que puedan llegar a ser- es uno menos, no uno más.

¿Cuánto de nuestro tiempo permitimos que deje de ser “nuestro”?, mejor no echar el cálculo … ¿A cuántos, y en cuántas ocasiones, consentimos que invadan, condicionen o se apropien de instantes, horas, días, o años, de un tiempo que sólo nos pertenece y, por tanto, corresponde a nosotros decidir como lo queremos vivir, si deseamos compartirlo y con quien y cuando, emplearlo en esto o dedicarlo a lo otro, pero no en lo que se nos venga encima, nos impongan o nos dejemos imponer …?, mejor no hacer cuentas …

Hay que elegir amistades … y soledades, también. Hay que escoger compañía, seleccionar sendero, decidir destino, clarificar sentimientos … Hay que comenzar por reservar tiempo, todo el que nos sea posible, para conocernos; después, sabiendo como somos y lo que en realidad buscamos, no ceder en el empeño de ser como y lo que somos , para tratar de encontrar lo que ansiamos. No es tan importante lograrlo como intentarlo. Lo que no tiene perdón ni excusa ni tampoco comprensión razonable alguna, es dejar perder la herramienta -el tiempo que nos pertenece- que nos puede ayudar a vivir con humana plenitud la única vida de la que disponemos.

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