Araíz de la muerte de Alfonso Ussía, a primeros de diciembre pasado, y de forma supongo que nada original, me dio por releer alguno de sus libros. En vez de acudir a los de El Marqués de Sotoancho o a su Manual del ecologista coñazo o el Tratado de las buenas maneras o tantos de tono ligero, o a sus recopilaciones de artículos, volví a disfrutar con las páginas de Coñones del Reino de España, hilarante por momentos, donde nos va presentando epigramistas y, más ampliamente, escritores españoles que a lo largo de los siglos, con sentido del humor, han ido dejando muestra de su talento… y de su mala leche en muchos casos. Ambas cosas muy españolas.
Leído ese libro era casi inevitable pasar a El jardín de las víboras, de Jaime Campmany, diríase que libro siamés del de Ussía. Y, de ahí, con pequeño salto, caí en Las anécdotas del humor, de Vizcaíno Casas, con pequeñas biografías jocosas de Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Agustín de Foxá, Wenceslao Fernández Flórez, Tono, Miguel Mihura, Edgar Neville, etc.
Eso me llevó a Una isla en el mar rojo, de Fernández Flórez, que me prestó un amigo. Novela ambientada en el Madrid de la Guerra Civil y terminada en enero de 1939, con redacción por la que ha pasado el tiempo pero de notable calidad y con un trasfondo tan terrible como ustedes se pueden imaginar. No es un ajuste de cuentas del vencedor, que todavía no lo era, sino un lamento desencantado con la naturaleza humana. No es la mejor novela de ese género, época y perspectiva (lo sería, tal vez, Madrid de Corte a checa, de Agustín de Foxá, otro autor que se pasea con frecuencia por los libros antes citados de Ussía, Campmany o Vizcaíno Casas), pero sí notable.
Y en esas estaba. Rememorando las luchas cainitas entre las dos Españas de entonces. Alegrándome de que Pemán y Alberti se hubieran abrazado pese a sus diferencias (y pese a que si el primero fue intelectualmente partidario de un lado, el segundo tuvo un papel algo más que meramente intelectual en el otro). O, si nos vamos a la política, acordándome de cuando Fraga, ministro con Franco, presentó a Carrillo en el Club Siglo XXI, por no hablar de generosidades más importantes. Y me lamentaba de que desde Zapatero, el PSOE (y qué decir tiene de la más extrema izquierda, más clásica o más populista), estuviera atizando la polarización (su famoso “nos conviene que haya más tensión”, con Gabilondo, o el pacto del Tinell). O el famoso muro que Sánchez expresa y voluntariamente ha querido construir, de lo que paladina y reiteradamente ha presumido.
En esas estaba, decía, cuando un joven escritor con boina y premios, invitado a participar en una serie de conferencias o debates sobre la Guerra Civil, ha querido –y conseguido– ganar protagonismo poniendo el enfrentamiento ideológico por encima del diálogo y la convivencia, la política por delante de las ideas, el exabrupto sobre la inteligencia. Otros ponentes de izquierdas que habían confirmado presencia se desdijeron y dieron marcha atrás, para no ser menos. Al parecer, hubo algunas amenazas. Finalmente, ese encuentro se canceló. Lo que el citado joven de la boina consideró una victoria de la que se jactó tanto como los altavoces mediáticos le permitieron.
Muy triste tiene que ser la vida de alguien para alegrarse irresponsablemente de ahondar en la siempre fácil tendencia hispánica al enfrentamiento. Uno más en un grupo amplio, no por ello más acertado.
Así que ahora estoy con Si mi pluma valiera tu pistola. En ella, Fernando Díaz-Plaja recogió artículos de una buena y amplia representación de escritores, más o menos militantes, en un momento u otro, de un bando y otro. El título de su obra –y de mi articulillo de hoy– lo tomó, como es obvio, de los versos de Antonio Machado dirigidos a Enrique Líster, “Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento moriría”, esas barbaridades que unos y otros dijeron en su día y de la que la mayor parte de ellos se arrepintió. Salvo los tontos, claro. Con o sin boina.