XXVI Festival de Jerez

'Molinadictos' hasta la extenuación

Rocío Molina, en un momento del espectáculo.

Rocío Molina, en un momento del espectáculo. / Miguel Ángel González

El inicio del puente del Día de Andalucía no ha podido tener mejor comienzo para el Festival de Jerez en el Teatro Villamarta. Rocío Molina, junto a Yerai Cortés, ha sido la encargada de dar inicio en el principal espacio escénico de la ciudad, con rotundo éxito, a un serial con el que se va a cruzar el ecuador de la muestra y que tendrá como protagonistas en los próximos días, junto a la bailaora malagueña, a Farruquito, Manuel Liñán y Manuela Carrasco. Casi nada.

Una vez mas, y ya hemos perdido la cuenta de cuantas lleva, la bailaora malagueña ha vuelto a refrendarse como principal autoridad en uno de los festivales de flamenco más importantes del país, dejando patente que no es una bailaora cualquiera y que si la Bienal de Venecia la ha condecorado con el prestigioso León de Plata es por algo y, en el caso que nos ocupa, lo hace saliéndose de su registro de baile de fortaleza y empoderamiento habitual ya que, en este espectáculo, incluso hasta nos enseña caras cercanas a su personalidad propia y que para quienes no la conocen en profundidad - vida y obra- pueden llegar a ser bastantes desconocidas.

Rocío Molina y Yerai Cortés, en el Villamarta. Rocío Molina y Yerai Cortés, en el Villamarta.

Rocío Molina y Yerai Cortés, en el Villamarta. / Miguel Ángel González

Además, en esta ocasión no sólo tiene protagonismo el movimiento y el sonido, sino también el color y la luz - no es sólo por el maravilloso trabajo de Antonio Valiente-, porque en esta propuesta se abandona la oscuridad de las dos entregas anteriores y se hace uso en el escenario de todo un espectáculo de estampas maravillosas que tienen lugar en el castillo - del baile- que ella ha ido construyendo durante estos años para despedir ahora a uno de sus fieles guardianes - la guitarra-. Una guitarra en manos de Yerai Cortés que es clásica y vanguardista, al mismo tiempo que jonda y tuneada, una guitarra que crece exponencialmente por cada día que pasa y que no será la misma - para bien- tras su paso por esta trilogía.

Además, por otro lado, porque Rocío Molina no olvida ni uno de los segundos que ha vivido. Y ello nos llega con el recuerdo de forma sonora a través varios pasajes como el solo inicial, donde realiza un masterclass de aquel baile heredado y grabado a fuego en su mente, como a través de una bajañí que quiso poner voz en forma de prima y bordón a, por ejemplo, las letras de Fernando de la Morena (q.e.p.d.), quien le cantara aquella noche en ‘La Concha’ hace ya más de un lustro, en una improvisación con la que empezó a dársele sentido a este último episodio. Volver es precisamente eso: Recordar. Ni mas ni menos.

Otro momento del espectáculo de Rocío Molina. Otro momento del espectáculo de Rocío Molina.

Otro momento del espectáculo de Rocío Molina. / Miguel Ángel González

Y, además, porque la artista malagueña da una lección de baile en este espectáculo hasta la extenuación, que también es una ida y vuelta de lo clásico a lo vanguardista - y viceversa- donde hasta el punto final tiene al de partida del flamenco - el cante- como inicio. Atreviéndose ella misma a ejecutar un fandango natural cuyos versos quebrados contienen la misma trayectoria de su bailografía - de aquí hasta allí, para terminar aquí otra vez- nos dejó claro de nuevo que Rocío Molina hace tiempo se olvidó del que dirán. Tanto que muchos ya ni lo recordamos.

Lo que sí vamos a recordar es que en el Teatro Villamarta vimos a una bailaora que quiso disfrutar en el escenario en esta despedida de la trilogía y eso se traslada siempre al patio de butacas. Una bailaora que aguantó los remates por alegrías y tangos hasta el infinito más allá, que se suelta la melena por las galerías del levante con el sonido que le llega de aquí y de allí o que fue capaz hasta de decirle al tocaor que se esperara porque tenía la boca llena del azúcar de unos ‘petazetas’ con los que marcaba el tiempo en un micrófono que se balanceaba sobre los imaginarios columpios de su particular ‘Castillo del Baile’.

En definitiva, una bailaora que quiso que la despedida de su fiel compañera de estos años, no fuera triste sino alegre, escogiendo un discurso lleno de compás, buen son y, por qué no decirlo, hasta de socarronería. Esa misma que emplean con ella y que a ella le da igual, según de quien le venga.

Fue con Riqueni con quien Rocío Molina realizara el primero de los exitosos capítulos de esta trilogía, junto a Eduardo Trassiera y Yerai Cortés afrontó el segundo de ellos de forma solvente y, ahora, sólo con la escolta a la bajañí del tocaor alicantino, vuelve a salir triunfante de un envite que tuvo lugar ayer en un festival que adora y la adora, gracias a un espectáculo que nos muestra un universo tan interesante como cercano a su personalidad porque, tras esta investigación está, como no podía ser de otra manera, cómo y quién es la propia Rocío Molina, una bailaora y artista que ‘no es cualquier cosa’.

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