Mujer y Salud
María José Sánchez Pérez
Alcohol y cáncer de mama, el riesgo del que no queremos hablar
El consumo de alcohol es un hábito profundamente integrado en la vida social y cultural de nuestra sociedad. Su presencia habitual en contextos cotidianos y celebraciones ha contribuido a una percepción generalizada de inocuidad cuando se consume en cantidades bajas o moderadas. Sin embargo, desde la perspectiva de la salud pública y la prevención del cáncer, esta percepción no se corresponde con la evidencia científica disponible, especialmente en relación con los cánceres de esófago, hígado y mama.
La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), organismo especializado de la Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica el alcohol como carcinógeno humano de grupo 1, al existir una relación causal claramente establecida entre su consumo y el desarrollo de diversos tipos de cáncer. Entre ellos, el cáncer de mama destaca tanto por su elevada incidencia como por su impacto en la morbilidad y mortalidad de las mujeres.
Un informe reciente del IARC, Alcohol: una causa prevenible importante de cáncer (Resumen de Evidencias n.º 6, 2025), pone de manifiesto que el 4 % de los nuevos casos de cáncer diagnosticados en el mundo cada año —más de 740.000— están vinculados al consumo de bebidas alcohólicas, incluso cuando este se sitúa en niveles considerados moderados.
Uno de los aspectos más relevantes, y a menudo menos conocidos, es que el riesgo de cáncer de mama asociado al alcohol no se limita a consumos elevados. Los estudios muestran de forma consistente una relación dosis–respuesta: a mayor consumo, mayor riesgo. Desde la perspectiva del cáncer, el mensaje es inequívoco: no existe un umbral seguro de consumo por debajo del cual el alcohol pueda considerarse exento de riesgo oncológico. Esto significa que cada copa cuenta: el riesgo aumenta progresivamente con cada incremento del consumo, incluso a niveles socialmente normalizados. En este contexto, el IARC destaca que reducir el consumo de alcohol es una de las estrategias más eficaces para prevenir cánceres evitables, y que las políticas que limitan su disponibilidad contribuyen de forma clara a disminuir su impacto poblacional.
Este aumento del riesgo es especialmente consistente en mujeres posmenopáusicas, aunque la asociación se observa también en edades más tempranas. Aunque el incremento del riesgo individual pueda parecer modesto, su impacto poblacional es considerable debido a la elevada prevalencia del consumo de alcohol. En España, según los últimos datos de la Encuesta Europea de Salud, en torno a una de cada cinco mujeres adultas consume alcohol al menos una vez por semana, una proporción que se ha mantenido relativamente estable en los últimos años.
Cuando una exposición es tan frecuente, incluso incrementos modestos del riesgo individual se traducen en un número apreciable de casos a nivel poblacional. Este hecho adquiere especial relevancia si se tiene en cuenta que el cáncer de mama es el tumor más frecuente entre las mujeres en España, con más de 37.000 nuevos casos estimados en 2025, lo que representa aproximadamente uno de cada tres cánceres femeninos. En este contexto, el alcohol se consolida como un factor de riesgo modificable con un peso relevante en la carga global de enfermedad y, por tanto, como un objetivo prioritario de las estrategias de prevención basadas en la evidencia.
Los mecanismos biológicos que explican esta asociación están bien descritos. El alcohol se metaboliza en el organismo a acetaldehído, una sustancia capaz de dañar el ADN y alterar los procesos de reparación celular. Además, su consumo se asocia con un aumento de los niveles circulantes de estrógenos y con alteraciones en vías hormonales clave, un aspecto especialmente relevante en un tumor mayoritariamente hormonodependiente como el cáncer de mama. Todo ello favorece un entorno biológico propicio para la carcinogénesis.
Con frecuencia se argumenta que el alcohol, y en particular el vino, podría tener efectos beneficiosos sobre la salud cardiovascular. Más allá de que esta cuestión está siendo objeto de una revisión crítica en la literatura científica reciente, conviene evitar compensar riesgos oncológicos con posibles beneficios en otros ámbitos de la salud. Desde la perspectiva del cáncer, la evidencia es clara: el consumo de alcohol aumenta el riesgo, y su reducción se asocia con una disminución de dicho riesgo. Eventuales beneficios descritos en otros contextos no neutralizan este efecto adverso en términos oncológicos
Abordar la relación entre alcohol y cáncer de mama no implica adoptar posiciones alarmistas ni culpabilizadoras. La prevención basada en la evidencia requiere información rigurosa que permita a la población tomar decisiones informadas y autónomas. Reducir la cantidad consumida, disminuir la frecuencia, introducir días sin alcohol o elegir alternativas sin alcohol son medidas factibles que contribuyen a reducir el riesgo. Del mismo modo, desde la perspectiva de la prevención del cáncer, no existe ningún argumento de salud que justifique iniciar el consumo de alcohol en personas abstemias.
En definitiva, no se trata de prohibir, sino de integrar el conocimiento científico en las decisiones cotidianas. La prevención del cáncer de mama también pasa por revisar, con una mirada crítica, hábitos profundamente normalizados y culturalmente aceptados, a la luz de una evidencia científica que hoy es clara e incontestable. Aumentar la conciencia sobre los riesgos del alcohol y asumir que no existe un nivel seguro de consumo constituye un paso esencial para avanzar en la prevención del cáncer en las mujeres.
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