El Cristo del Amor

Elegancia blanca por San Juan

  • La hermandad destila saber estar cofrade en otra jornada apoteósica de Martes Santo

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SIEMPRE impresiona contemplar cómo, minutos antes de las 6 de la tarde, el misterio del Cristo del Amor asoma por el dintel de la puerta, dejando atrás aquella pequeña capilla que allá por 1990 bendijera el recordado y querido obispo Rafael Bellido Caro, llena de capirotes blancos perfectamente ordenados donde una esmerada dirección de cofradía da todo un ejemplo de aprovechamiento del espacio.

Se echaba así a la calle una cofradía grande, curtida en la adversidad casi desde los días de su fundación. A los sones trianeros de la banda de San Juan Evangelista, que barruntaban un gran Martes Santo, la cofradía que preside Juan Verdugo se plantaba en la típica y flamenca plaza de San Juan con un nutrido cortejo de más de doscientos hermanos vistiendo blanca túnica y su característica cruz de San Juan sobre fondo rojo. Destaca este año en el cortejo de la cofradía joánica la restauración del libro de reglas y del estandarte (que no guión, como tantas y tantas veces recordara el difunto Fernández Lira).

Tras los primeros tramos de elegantes nazarenos blancos hacía su puesta en escena el paso del Señor Cautivo. Sobre un monte de claveles rojos, y con treinta costaleros a las órdenes de Jacinto Gutiérrez y David Grilo, caminan las andas que la hermandad ve como poco a poco se van completando, continuando este año el dorado las mismas. A reseñar el relicario de principios del siglo XX que porta una reliquia del aún Beato Juan XXIII (será canonizado el próximo 27 de abril), el Papa bueno que abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara un poco de aire fresco, justo como ahora está haciendo el Papa Francisco. La banda de San Juan, tan unida desde sus comienzos a esta corporación, acompañó con sus sones el caminar de este Cristo Cautivo que tallara Eslava y que iba bendiciendo a ese Jerez que, cargado de promesas, se postra y desgasta sus pies todos los lunes del año.

Un sol como el que hace ya tiempo no disfrutábamos en nuestra Semana Mayor (y toquemos madera) iluminaban el calvario donde destaca, además de la figura del Cristo que saliese de las gubias de Tomás Chaveli, la hermosísima dolorosa de los Remedios, orientando al cielo sus rasgados ojos. A destacar en este misterio que uno de los dos romanos porta el senatus (la insignia que sitúa en un espacio y un tiempo concretos los hechos históricos de la Pasión de Cristo). Todo ello sobre unas andas que diseñara Dubé de Luque y magistralmente llevados por 40 hombres que pusieron todo su corazón y toda su alma a las órdenes de Manuel Vega, sorteando más de un balcón para hacer presente ese canto de Amor absoluto que es la entrega de la propia vida a favor de los otros.

Derrochando elegancia por donde pasaba, la cofradía del Amor dio pinceladas de excelencia cofrade en puntos de nuestro casco histórico como Carpintería Baja, Tornería o la colación de San Marcos al regreso a su templo.

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