El Juicio Final

Tribuna libre

Pedro Rodríguez Mariño

Jerez, 26 de marzo 2013 - 01:00

EL Juicio Final lo plasmó admirablemente Miguel Ángel en el muro frontal de la Capilla Sixtina. Hombres y mujeres despojados de todo -es el fin de nuestro mundo material- están suspendidos en el aire ante el gesto sereno, poderoso y tremendo de Cristo en el centro de la composición, alejando de sí al fuego eterno a los malditos, porque tuve hambre y no medisteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me acogisteis, estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis (…) en verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos más pequeños también dejasteis de hacerlo conmigo… A la vez en ambiente de paz indecible ascienden a los Cielos los benditos de mi Padre que escucharon tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis (…) ¿Cuándo te vimos hambriento (…) sediento (…) peregrino (…) enfermo o en la cárcel (…) En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de éstos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. En la parte central de la bóveda de la capilla Miguel Ángel representó la creación del hombre. Es una escena grandiosa, Dios Padre creador se aleja y extiende su brazo y su mano hacia Adán, que recostado en tierra extiende la suya. Este gesto tanto expresa el gozarse de Dios en su hombre creado, como el de confiar Adán en los dones personales que ha recibido de Dios y en la amistad que le otorga, que le quiere arrobadamente más que un padre a su hijo. Nos quiere con infinito amor a todos y hemos de poner interés en descubrirlo.

Y otro tema de Miguel Ángel en la bóveda es la Caída de Adán y Eva. Tentados por la serpiente enroscada salomónicamente en el tronco del árbol de la ciencia del bien y del mal sugiere: seréis como dioses. Cayeron en sus redes, quebrantaron el precepto divino, abrieron la ciencia de pecar y sentaron cátedra. ¡Qué desastre para ellos y su descendencia! Pero Dios los aboca a la esperanza, porque el demonio será vencido por el Hijo de Dios y la nueva Eva, María, sin pecado concebida, fue preservada sin mancha de pecado original. A los demás, por la gracia de Cristo, se nos perdonan los pecados y se nos abren las puertas del Cielo.

Qué hermosa y magnífica es la obra de la Creación, qué grandiosa y al mismo tiempo qué íntima. No vamos a la deriva en el mundo, tenemos Amo, Dios Padre providente, misericordioso y omnipotente. Hechos a su imagen y semejanza, inteligentes y con voluntad libre podemos conocerle y amarle; podemos hablar con Él y escucharle. Podemos hablar confiadamente cuando queramos y en todo lugar, y podemos escucharle en la conciencia cuando recogidos meditamos. En verdad estamos hechos para la oración, para hablar de tú a tú con Dios. Qué grande es la dignidad del hombre, reflejo de la grandeza divina. Si desarrollamos nuestras potencias y habilidades, si maduramos nuestras virtudes desarraigando las actitudes viciosas, desordenadas, qué obras tan grandes podemos hacer y qué perfección y santidad nos puede colmar.

Nuestro Padre Dios nos ha entregado incluso por escrito nuestra Ley, los Diez Mandamientos, que hemos de conocer, meditar y cumplir fielmente por amor. Y porque somos libres, si hacemos el bien es porque queremos, porque nos da la gana; si obramos mal también es porque queremos, y por eso mismo somos en ambos casos responsables. Nos conviene hacer habitualmente examen de conciencia para rectificar, pedir perdón y hacer penitencia. No basta esa crítica social, llena de buen humor, sal y pimienta, como se hace en los Carnavales de Cádiz o en las Fallas de Valencia, aunque supongan cierto examen de conciencia colectiva. Hace falta la reflexión personal humilde y sincera sobre nuestras propias acciones para agradecer a Dios tantas cosas buenas que recibimos de Él, y para reconocer también nuestras obras incorrectas, nuestras carencias y ofensas: nuestros pecados. Dios nos ha creado, Él conoce nuestro bien, en Él hemos de abandonarnos para llegar lejos y alto.

Cone stos artículos respondo a la invitación hecha sugiriéndonos preparar algunos temas oportunos para ofrecer a cuantas más personas mejor. Como me he acostumbrado a escribir y a asomarme a esta gran ventana del Diario de Jerez, aquí va mi aportación con el afán de ayudar a todos. Dios lo quiera.

(*) Pedro Rodríguez Mariño es sacerdote, doctor arquitecto y doctor en Filosofía.

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