Historia taurina

Violeta y azabache: terno torero para un hecho histórico

  • Joselito hace historia el 31 de septiembre de 1931 al ser el primer matador que corta una oreja en la Maestranza, lo que causó gran polémica entre los aficionados más puristas

  • El matador, en la temporada de su trágica muerte, ideó junto al sastre José Uriarte unos ternos singulares y atípicos que fueron muy populares en la llamada Edad de Plata

Violeta y azabache: terno torero de Joselito para un hecho histórico. Violeta y azabache: terno torero de Joselito para un hecho histórico.

Violeta y azabache: terno torero de Joselito para un hecho histórico.

Aprieta el sol de septiembre. El verano aún se resiste a doblar. El calor es sofocante. Es el llamado veranillo de San Miguel. Sevilla celebra su tradicional feria en honor al Arcángel y los toros no pueden faltar. La Real Maestranza ha programado tres festejos mayores en aquel 1915. Rafael El Gallo, Joselito y Belmonte hacen el paseo en las dos primeras corridas. La primera pasa sin pena ni gloria. Los toros de la viuda de Murube no dan opciones al triunfo. Con los de Miura, al día siguiente, es otro cantar. Los espadas son recibidos con pitos por el público, que aún está enfadado por el fiasco vivido en la jornada previa. Los toros de Miura son eso, toros.

Una seria corrida de toros. José se mostró pletórico. Lució como lo que era. Un adelantado a su época. Domeñó a sus dos oponentes, sobre todo al llamado Galleguito, un toro manso y con sentido al que doblegó con su oficio y poder en el tercio final. Las lanzas se tornaron en cañas y el menor de la dinastía de los Gallos salió triunfante de la plaza. Solo quedaba poner rúbrica a su temporada en Sevilla. Joselito había apostado fuerte y para cerrar la feria septembrina se había hecho anunciar en solitario para estoquear una corrida de la ganadería del conde de Santa Coloma.

Es 30 de septiembre. Sobre la silla, el mozo de estoques ha dispuesto un terno violeta y azabache. Como es norma habitual, es obra de don José Uriarte, el más célebre sastre de toreros de la época. A Joselito, para las corridas en las que actuaba como único espada, gustaba de vestir con bordados en azabaches y sedas negras. Eran vestidos más ligeros que el físico agradecía ante la dura brega que suponía lidiar seis toros en solitario.

El joven Gallito era innovador en todo. El terno lucía un singular bordado, en el que seguro influyó en Uriarte para su diseño. Se cuenta, y se afirma, que Joselito en la temporada de su trágica muerte ideó junto al maestro sastre unos ternos sin alamares, con los delanteros bordados profusamente, pero de mucho menor peso que los convencionales. Bailaor impidió que Joselito los pusiera de moda, pero su idea, y la maestría de Uriarte, los hicieron muy populares en la llamada Edad de Plata. E incluso hoy, Morante de la Puebla los luce con mucha asiduidad.

Joselito parte plaza en la Maestranza aquella tarde. Como sobresaliente actúa su cuñado, El Cuco. En los chiqueros del coso del Arenal aguardan los seis del conde: Jilguerito, Guajiro, Lisito, Pegajoso, Cantinero y Gitano. El torero de Gelves volvió a mostrar su maestría. Poderoso, variado y dominador, cuajó trasteos vistosos ante aquellos toros producto del cruce entre Saltillos e Ibarras que criaba el conde de Santacoloma. Sevilla, su plaza, era un clamor. La tarde estaba resultando exitosa.

La corrida estaba próxima a su fin. Se abrieron toriles y saltó a la arena el quinto de la tarde, nombrado Cantinero. Negro, listón, lucero y girón. En el costillar, como detalle para estadistas y curiosos, llevaba el número 131. Joselito lo recibió con un cambio de rodillas marca de la casa. Prosiguió toreando a la verónica en lances vibrantes por la codicia del toro. Cantinero acudió presto y con bravura a los montados. Cuatro varas por dos caballos muertos. Cuentan las crónicas que el llamado Rey de los Toreros se lució en variados quites, rematando el último de ellos con una colosal larga cordobesa.

Había llegado el trance final. Joselito deja tomar aire a Cantinero. Toma muleta y estoque y realiza una faena para la historia que, a pesar de los años transcurridos, aún permanece latente y viva en el ambiente silente y místico de la Maestranza cuando está huérfana de público.

La faena es colosal. Es un preludio al toreo moderno. Quietud, estética, poder. Un compendio de torería. El público está exaltado. Aplaude, grita, se levanta de sus asientos. La faena toca a su fin. Un sombrero cae al amarillo albero desde el tendido. Joselito lo toma y lo coloca en el pitón derecho de Cantinero. Antes de que el animal se dé cuenta lo toca con la muleta al otro pitón, el sombrero vuela y Gallito lo toma en el aire para devolvérselo al espectador que con tanto entusiasmo lo había arrojado. Se perfila en corto y entierra el acero en el mismo hoyo de las agujas. Cantinero cae sin puntilla.

Los tendidos maestrantes se blanquean de forma inusual. El corte de orejas estaba mal visto en Sevilla, considerado pueblerino y acto chabacano. La demanda es plena. Antonio Filpo, concejal del Ayuntamiento hispalense, se suma a la historia y hace asomar el suyo al barandal de la presidencia. Joselito hace historia aquel 31 de septiembre de 1931, pues es el primer matador que corta una oreja en la Maestranza.

La polémica está servida. Los aficionados más puristas creen mancillado el honor de la plaza sevillana. Aún así, Joselito es vitoreado y es llevado a hombros hasta su casa de la Alameda de Hércules. Los partidarios de Belmonte están ofendidos, pero nada importa. José ha escrito una página de oro en la historia del toreo.

Antonio Filpo no volvió jamás al palco presidencial. En su persona se centraron las críticas y culpas de la quebrantada tradición. Poco importó. Hoy aquel vestido violeta y azabache, junto a la cabeza de Cantinero, son el recuerdo de una fecha en el domicilio de sus herederos. Como afirmó el crítico de la época Don Modesto: "Bien rota estaba la tradición porque un lidiador tan extraordinario merecer ser premiado con algo extraordinario".

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