La columna

Bernardo Palomo

Aquel ARCO que se nos fue

Vuelve a un febrero más y van treinta la Feria de Arte Contemporáneo que Juana de Aizpuru ideó para aquella Sevilla, entonces mucho más que ahora, anclada en la tradición y gobernada por políticos con contundentes miopías culturales que no vieron, no quisieron, no pudieron - o todas las cosas a la vez - que aquello que Juana ofrecía se iba a convertir en todo un acontecimiento expositivo y escaparate internacional de un arte que, entonces como ahora, estaba muy necesitado de horizontes limpios. En estos muchos años hemos asistido a todo y hemos vivido experiencias que, con el tiempo, han ido diluyendo nuestro entusiasmo y aquellas románticas ilusiones por encontrarnos con un arte hacia delante, distinto al que conocíamos y clarificador de los parámetros que discurrían por el arte que se hacía por el mundo. Por eso, ya con la mayor objetividad que ofrece los años, poco se espera de un ARCO que, además, está manejado por los intereses interesados de un comité seleccionador poco ecuánime que sólo vela porque lo suyo no se vea menoscabado ante lo que sus ilustres miembros considera intrusismo y experiencias advenedizas. No obstante, ARCO es ARCO y, allí, hay que estar; aunque interese más lo que se oye que lo que se ve. Últimamente se ha convertido para muchos en reunión de viejos nostálgicos provincianos que nos vemos para tomar vermut de grifo en las tabernas de la Plaza de Santa Ana y acordarnos de cuando Leo Castelli apagó las luces de su stand a un Mario Conde todavía emperador. Ya se murió el sabio de don Leo y el emperador sólo ha quedado para tertuliano de emisora con ultramontanos intereses y aspirante a comprar el que es el otro equipo de fútbol de una ciudad donde el principal va vestido de blanco con algo de rojo. ARCO era sinónimo de Modernidad y nosotros, pobres equivocados, creíamos que descubríamos el Dorado artístico.

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