EL MUSEO IMAGINARIO

Manuel Romero Bejarano

La Batalla de los Ángeles

TODO en orden, cada cosa en su sitio. Cuando a comienzos del siglo XVII los curas de San Miguel decidieron levantar un nuevo retablo mayor tenían dos cosas claras: querían que lo hiciera el mejor escultor de la zona a la par que no podían dejar de incluir en el mismo una escena representando la Batalla de los Ángeles, en la que el Arcángel fue protagonista. En un principio estos dos requisitos no parecen enfrentados, hasta que sabemos que el maestro elegido para hacer los relieves fue Juan Martínez Montañés.

Este escultor, Dios de la Madera y blanco de todas las atribuciones hasta que (al menos en Sherryworld) surgió el mito de La Roldana, fue el más famoso de su tiempo. Monasterios, nobles, parroquias y catedrales se disputaban al artífice de Alcalá La Real, al que no dejaban de lloverle los encargos. El secreto de su éxito fueron su virtuosismo técnico y su estética, que mezclaba las proporciones y composiciones del renacimiento con el realismo extremo que caracterizó al barroco. En su obra no hay casi movimiento, ni paños volados, ni apenas expresión. En ellas se respira una grandeza y una serenidad propia de la escultura clásica, a la par que se representa a la figura humana con tal veracidad que la podemos sentir respirar.

Montañés demostró su talento para tallar crucificados, dioses humanos que invitaban a la oración, se lució con la Inmaculada representándola como una mujer sencilla pero impregnada de una esencia sagrada que sobrecoge a quien la ve. Dio la pauta para representar al Niño Jesús, creando esas imágenes de pequeños de cuerpo infantil y expresión adulta en la que no fataban ni la seriedad ni las sienes ligeramente despejadas de cabello, indicando su madurez innata. ¿Cómo iba a representar este adalid de la perfección una batalla, aunque fuese de ángeles? En la capilla mayor de San Miguel se encuentra el milagro.

La composición es absolutamente simétrica. En la mitad superior el Cielo, abajo el Infierno. A cada lado el mismo número de figuras. Cada gesto de un extremo compensado en el otro. Ni una nube fuera de su sitio. Ni una llama discordante. Todos los colores complementados a lo largo y ancho del rectángulo. Lo bueno es lo bello. Lo malo también. Sólo las caras de los demonios presentan expresiones grotescas y sus frentes pequeños cuernos, pero sus cuerpos son hermosos, musculosos y bien proporcionados, colocados en posturas que les permiten lucirse.

Y sobre todos, San Miguel. Ni hombre ni mujer, tranquilo, más que tranquilo, ausente. Dirigiendo una batalla silenciosa en la que el rayo y el escudo son puro atrezzo y la armadura y el casco complementos ideales para ensalzar un cuerpo y una pose perfectos. El Bien y el Mal en una danza ordenada. La lucha elegante. El Pecado y el Paraíso en armonía.

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