Francisco Bejarano

Descanso y traca

LAS larguísimas fiestas navideñas parecen tener dos descansos, dependiendo, como es natural, de decisiones personales: los días que van desde el 26 al 30 de diciembre y del 2 al 4 de enero, seguidos de dos grandes tracas: la intercalada de Nochevieja y la final de Reyes. Para mucha gente no es tal descanso: el trajín en la calle es incesante, los transeúntes van cargados de paquetes y los bares están llenos. Hasta La Moderna, que tiene durante el resto del año unas horas para cada tipo de clientela, se pone imposible. El griterío de las voces humanas impide hablar y pensar, salvo que uno se decida a gritar también. La voz humana, el instrumento más hermoso por otra parte, se puede convertir, en un local repleto, en la voz común de la "infame turba de nocturnas aves". Con todo, la gente parece contenta y feliz, a ratos por lo menos, y no se ven signos del cansancio propio de la monotonía. La colectividad vociferante da una suerte de protección a la especie.

Una idea muy extendida es que para pasárselo bien hay que gritar y agitarse. Tiene un fondo de verdad: meterse en medio de los tumultos y de los ruidos es huir de la realidad, la que suele hacernos sufrir. Pero es falsa en cuanto a que una conversación sosegada en un lugar silencioso, con sólo murmullos, es un bien y un disfrute cada vez más difícil de encontrar en establecimientos públicos. Cada forma de divertirse tiene su momento, aunque el ruido de una fiesta nunca deba ser ensordecedor. Sin embargo, un bar atestado y con escandalera atrae clientes, pues se supone que cuando hay tanta concurrencia es porque allí se debe pasar muy bien, una apreciación gratuita que casi nunca se corresponde con las vidas individuales. Las razones para soportar la incomodidad de los bares durante los días de celebraciones populares pueden ser muchas y no todas voluntarias, pero entre ellas está la búsqueda deliberada del aturdimiento o la huida de las casas.

Las fiestas generales que aturden eran, en otro tiempo que no existe ya, para gente joven: la permisividad consentida por los de más edad, por aquello de que "son días de eso", les daban un aliciente. La permisividad ahora, salvo que nos saltemos la aburridísima moral civil y laicista, no tiene freno. ¿Cuál es el aliciente, entonces? Quizá transgredir esa nueva moral, tan atractiva de saltarse como otra cualquiera. Los más reprimidos hoy son los más jóvenes o quienes quieren vivir la juventud que no vivieron y se resisten a envejecer. Pueden hacer casi de todo, pero no se atreven a hacer casi de nada: contar como hazaña una borrachera y su resaca. Hemos retrocedido y, a pesar de ello, los más jóvenes creen ser más libres y que el tiempo pasado fue peor.

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