Alberto Núñez / Seoane

¿Dónde está ETA?

Tierra de nadie

SENTADO en el sillón, intentaba encontrar algo digerible en la televisión que me sirviese de compañía mientras cenaba. Cambiaba de una cadena a otra. Antena 3…, parecía entretenido. La cuestión era tratar de confirmar o desmentir lo cierto de algunos tópicos habituales entre los españoles, ya saben: que si los catalanes son tacaños, que si los madrileños son anticatalanes, etc…

¿Qué pasaría si colocásemos, en algún pueblo del País Vasco, un coche con símbolos españoles: una bufanda, varias pegatinas e incluso algún cojín hortera, todo ello profusamente decorado con los colores patrios? Pues eso es lo que hicieron.

Aparcaron un coche desde las diez de la noche hasta las diez de la mañana, y no lo hicieron en Rentería, ni en Oyarzun, ni en Mondragón; todos ellos, feudos declarados de los siniestros "batasunos"; lo llevaron a Fuenterravía, un tranquilo pueblo costero, lugar de vacaciones, con una hermosa y archiconocida playa, situado muy cerca de San Sebastián.

Aparecieron los niñatos de turno, escandalosos y cobardes, pero inofensivos -los hay a patadas en cualquier otro lugar-: tan "sólo" dieron una patada al retrovisor. Aparecieron algunos jóvenes y no tan jóvenes, se preguntaban que hacía "aquello" allí; la mayoría, si no todos, profería descalificaciones, insultos o las dos cosas. Y, al fin, aparecieron nuestras tres "protagonistas".

Entre expresiones como: ¿pero, qué hace "esto" aquí?, ¡vienen a provocar!, ¡es una vergüenza!... una de las energúmenas espeta: ¿dónde esta Batasuna?, ¿dónde está ETA?, y se queda tan "pancha", es decir, tan escoria inmunda como lo era cuando la parió su madre.

No eran jovenzuelas inmaduras, ni adolescentes insensatos, ni los que habitualmente vemos destrozar el mobiliario urbano o quemar autobuses, eran tres "tías" -a eso no se le puede llamar ni mujer ni persona- bien entradas en años -entre cincuenta y sesenta y pocos-, bien aparejadas -que me disculpen los mulos- y perfectamente conscientes de lo que decían, quiero decir que no estaban ni borrachas ni drogadas.

Las interfectas, por desgracia -triste y real-, representantes de una parte significativa de los vascos, clamaban por la presencia de la banda asesina para impedir que un coche vacío exhibiese los colores de la bandera española; por mucho que les pese, la de la nación a la que pertenecen.

Son los mismos que se manifiestan públicamente a favor de formaciones ilegales; los mismos que dedican calles o plazas, a la memoria de etarras criminales, los mismos que apoyan a los que secuestran, torturan o matan a inocentes ciudadanos. Esta es la cruda, decepcionante e intolerable realidad y, es contra ella contra la que, todos los que creemos en la libertad como circunstancia irrenunciable, debemos luchar, sin contemplaciones pero con todas las armas que el Estado de Derecho pone a nuestro alcance.

Mientras los ciudadanos vascos se benefician de un autogobierno más generoso que cualquier otro en Europa, mientras el País Vasco prospera gracias al empuje que la economía española ha experimentado en los últimos años, mientras todos los partidos políticos vascos -nacionalistas o no- disfrutan de la democracia que España se ha sabido regalar; mientras esto sucede, en el País Vasco hay demasiada gentuza que no permite que nadie piense diferente a ella; hay demasiada morralla que usa la amenaza, el insulto y la coacción, para excluir a los que sienten distinto; hay demasiado populacho que apoya, alienta y defiende a los mafiosos etarras; hay demasiados cobardes que se amparan en el miedo, para impedir que en esa tierra haya libertad y hay demasiados políticos basura que desprecian a los ciudadanos a los que deberían defender y también hay un presidente, el del Gobierno vasco, pretendiendo legitimar la ilegalidad.

¿Dónde esta ETA?, preguntaba la mastuerza de Fuenterravía. No tiene usted mucho que buscar, "señora" mía: ETA la tiene usted, y los que son como usted, en sus podridas entrañas.

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