La columna

Ana Pielfort

Empezar de nuevo

Puede que el despertador sea el objeto cotidiano al que más se tortura cuanto mejor funciona. Debajo de la cama, quien no esconda un cadáver de verdad, quizá encuentre miembros descuartizados de su maquinaria de juguete, o pilas arrinconadas que acabaron allí por culpa de un manotazo a tiempo, preciso y puntual. Para bien o para mal, el despertador cumple su función: avisa de que nos hemos plantado en un nuevo día con todo lo que eso conlleva. Si ponerse en pie ya cuesta en situaciones, digamos, normales, cuánto no va a costar cuando se tiene que empezar de nuevo en la vida.

Cada vez, con mayor frecuencia, sé de conocidos, amigos, o de amigos que son más que amigos, a los que sin haber movido los pies del suelo, les han, o se han situado en otra casilla del tablero, y deben replanteárselo todo, absolutamente todo. "Incertidumbre", eso es lo que dicen sentir en un primer momento. "Más tranquilo", así responden cuando aprecian que les apoyan, al margen de que puedan ir sobreviviendo encapsulados en una somnolencia de ansiolíticos.

A los consejos habituales que se dan con voz de pésame, responden otros pensamientos que están en el fondo de una realidad a la que se pretende anestesiar: "de todo se aprende" (para eso está el colegio); "de todo se sale" (hasta de la propia casa); "búscate un buen abogado" (mejor, una buena ley); "volverás a hacer deporte" (en una silla); "encontrarás un trabajo mejor" (en otra ciudad)ý Si de verdad las cosas fueran así de fatalistas nadie contaría al cabo del tiempo cómo consiguió tirar para adelante y seguir con su vida a pesar de aquello. Se empieza poniéndose las pilas, también al despertador, y aunque se vaya con el tiempo justo, reconocer que hasta llegar tarde al trabajo, es una buena, buenísima señal.

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