El cuentahílos

Carmen Oteo

Ignorantes eruditos

¿CUÁL es el colmo de la imbecilidad?, le preguntaron al cantaor gitano Manolo Caracol y este respondió: "presumir de culto sin saber nada".

Mi padre siempre me ha dicho que la cultura no es nata, es surrapa, queriéndome explicar que no es algo superfluo sino lo que se nos queda pegado al fondo del alma después de haber visto, leído y vivido con intensidad.

Sorprendentemente hay quien utiliza la cultura y la educación como un arma de desprecio hacia los demás, como si se tratase de un bien material, de un lujo al alcance de unos pocos elegidos. No, no, para mí la cultura y la educación sirven para respetar al otro, para sentirnos con él, para descubrir que la clave de la vida, que no la felicidad, está en los demás y no en uno mismo. Si no es así, es que algo se ha digerido mal. Conozco a devoradores de libros que tienen un gazpacho mental, que da miedo asomarse a sus pensamientos. Personajes exquisitos en sus formas pero empobrecidos espiritualmente. Ignorantes eruditos de una pesadez insoportable.

La educación, la cultura, la formación, deberían hacernos a todos mejores y conservarnos distintos, sin aborregamientos. Cuando yo estaba estudiando BUP en "El Cuco", con notas muy mediocres, la Madre Acacia se me acercó un día y me dijo simplemente que confiaba en mi, que aunque lo que estudiaba en ese momento no me gustara, estaba convencida de que al llegar a la Universidad me iría bien y disfrutaría, que en la vida muchas cosas eran sólo cuestión de paciencia. Todavía me acuerdo de ella y me sirven sus palabras en mis momentos de inseguridad.

No es casual que en España la justicia y la enseñanza, que son la base de una sociedad realmente libre, estén postergadas por el poder. Cuando alguien está bien formado, es decir, sabe elegir, y por tanto es libre y además se siente amparado por leyes que son justas y se aplican con rigor, es más difícil domeñarle y engañarle.

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