Francisco Bejarano

Nazis de España

LA Iglesia aplica, siempre que sea posible, su antiguo principio de vivir pacíficamente dentro de la estructura del Estado. No siempre ha sido posible. Desde que el socialismo, hoy nominal, abandonó, imitando a la Iglesia Romana, su vocación universal y por estrategia política se alió con los nacionalismos nazis del metro cuadrado (ni siquiera como estrategia política es lícito, ni honrado ni decente darle armas al enemigo), la única institución verdaderamente universal, experta en hacer equilibrios con los regímenes más dispares del mundo es la Iglesia. Nadie tiene más experiencia que ella porque los roces con el poder civil han sido frecuentes desde Constantino hasta hoy. Quizá debió ser más sutil en las recomendaciones para los comicios que se avecinan en España, teniendo en cuenta que la Teología, esa disciplina vagarosa, se las ha ingeniado para encontrar vocablos que permitan hablar de lo intangible e inefable. Con todo, en recuerdo de san Ambrosio, no neguemos el derecho, y a veces la obligación, de la jerarquía católica a enfrentarse a los emperadores.

El nacionalismo vasco toma para sí una afirmación atribuida a los venecianos: primero vascos y después cristianos. (Les recomiendo la lectura desapasionada de La gran esperanza, de Rafael García Serrano, para entender mejor las contradicciones de los nacionalismos regionales.) García Serrano los llama nazikatolikarras. Al comenzar la Guerra Civil tenían dos cartas: los que se encontraron en la parte de los alzados en armas sacaron la carta católica, y quienes quedaron en la zona frentepopulista enseñaron la carta nacionalista vasca. Las contradicciones, mientras se mantienen, causan heridas que no cicatrizan nunca, vean, si no, la cara de tormento de su ilustrísima Setién debatiéndose entre el amor a un terruño independiente y el que debe a su episcopado en la Iglesia universal. Los entusiastas muchachos de Eta ya expresaron hace tiempo su preferencia por un Euskadi independiente bajo una dictadura fascista, antes que unido a España en un régimen democrático. Hay delirios sin remedio.

Al pensamiento delirante se han unido los nacionalistas gallegos al no querer condenar el Holocausto nazi si no se condena, como si fuera lo mismo en el tiempo y las razones, al Estado de Israel en su conjunto y como existencia, comparando un perverso y deliberado exterminio con la voluntad de sobrevivir rodeado de guerreros enemigos. (Para compensar el desengaño de García Serrano, lean el inteligente, y también desengañado, Diccionario de la izquierda, de Alfonso Guerra.) Si el minoritario fascismo español cae malherido con la ascensión de Franco a la jefatura del Estado y muere con la Unificación unos meses después, el nazismo en España goza de envidiable salud y sólidos apoyos.

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