Manuel Moure

Con las cosas de comer no se juega

Todos hemos oído la sentencia que titula este artículo en más de una ocasión, casi siempre siendo niños, cuando la comida era siempre un suplicio -sobre todo las verduras- y en pocas veces una verdadera fiesta. Aunque hayamos crecido -y algunos mantengamos escasas fobias gastronómicas, como en mi caso por las acelgas- hay quienes siguen empeñados en jugar con la comida. Llama poderosamente la atención la forma en que todo aquello que se relaciona con el consumo masivo de alimentos acaba indefectiblemente podrido. Tenemos como ejemplos la ternera (vacas locas), el pollo (gripe aviar) o el pescado (anisakis), enfermedades todas ellas que pueden llevarnos a la tumba. Ahora, como si el dios de los fogones hubiera decidido repartir desgracias con equidad, le ha tocado a la comida rápida. El queso de búfala, conocido internacionalmente como queso mozzarella, acumula tal volumen de dioxinas que la Unión Europea no ha tenido más remedio que llamar al orden a los fabricantes italianos y pedirles explicaciones. La pizza, enseña de la gastronomía transalpina junto con la pasta, ha caído bajo sospecha, ya que son precisamente este queso y la salsa de tomate quienes componen la base de la pizza más simple: la margarita. Esperemos que tarde en llegar, pero estoy plenamente convencido de que la seguridad alimentaria será uno de los grandes caballos de batalla de este siglo que empieza. Dar de comer al planeta es una obligación moral que hay que cumplir ya sin que por ello llegue -y llegará- el día en que un kilo de tomates 'criados' de forma natural en la huerta de un buen amigo se erijan en un verdadero lujo, en el mejor regalo de cumpleaños.

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