Tribuna libre

Mauricio Gil Cano

El destierro de los reyes

JUAN Diego Fernández Rosado (Jerez, 1961), conocido popularmente por sus apariciones televisivas como Perpetuo Fernández (en Canal Plus y Canal Sur) o El Mono Rojo (en Localia), desembarca en la novela. Y lo hace con una obra de política ficción, ambientada en una Cataluña independiente, adonde los reyes de España, Felipe VI y Leticia Ortiz, tras unas elecciones ganadas por una coalición republicana de izquierdas, deciden exiliarse. En este marco surrealista se desenvuelve la acción, tramada de ironía, con perspicaces guiños a la actualidad, hasta alcanzar finalmente tintes de melodrama. 'El destierro de los reyes' (Anantes), de Perpetuo Fernández -como Juan Diego ha preferido firmar-, es una novela sólida, de elegante estilo, por donde el lector transitará con amenidad, riéndose de las ocurrencias de su autor y las situaciones de sus personajes, hasta percatarse de que, como en todo buen esperpento valleinclanesco, las carcajadas de la risa ocultan el llanto. Un esperpento amable, diría yo de este volumen juandeguiano, que hace gala en sus cuatrocientas páginas de un novedoso populismo aristocrático, a medio camino entre la sátira política y la crónica del corazón, para deslizarse en lo trágico. Además de a sus majestades, el lector se encontrará con una serie de personajes conocidos, políticos y corruptos, filósofos y cardenales, famosos de las cámaras o de la prensa rosa… Unos constituyen la pequeña corte de Montjuic, otros conspiran en la sombra, ninguno pasará desapercibido ante los ojos del lector, sin provocar una exclamación condenatoria o una sonrisa cómplice.

En nota preliminar, Juan Diego Fernández aclara que su novela es una adaptación de 'Les ruis en exil', de Alphonse Daudet (1840-1897). No seré tampoco yo quien se lo discuta, pero creo, con Juan José Téllez, que la carga personal es mucho mayor que la del modelo. No es sólo la adaptación a los personajes y tiempos actuales, o la modificación de elementos de la trama para hacerlos confluir en el nuevo imaginario, sino la implicación de matices íntimos, ramalazos de la experiencia vital, esencias del universo afectivo del propio Juan Diego Fernández. Considera Perpetuo que ha mantenido en su novela un estilo decimonónico. Yo diría aún más: la estructura de su discurso narrativo manifiesta la concepción de aquel gran siglo de la novela, que ve a ésta como uno de los varios tipos del género épico en poesía. Fernández ha conseguido con su obra una gran representación del espectáculo de la vida, aun con toda la cruel intensidad pesimista que hereda del naturalismo. Especial habilidad muestra para la caracterización de sus personajes, a partir de un rasgo peculiar que el lector identificará al instante: el galleo en la voz del rey Felipe o la quietud de estatua de la reina Leticia, por ejemplo. Un sentido satírico cala toda la trama, le da nuevas interpretaciones y la españoliza al transmutarla en tragicomedia. El resultado es la visión de un paisaje -España- desde un punto de vista original e inconfundible, característico de Perpetuo Fernández, que se perfila así como uno de los valores emergentes de la narrativa andaluza y al que sus lectores demandamos con expectación próximas entregas. De momento, nos toca saborear ésta, gozar de su calidad y dinamismo, perdernos por la bohemia de un destierro tan incierto como el porvenir, con la certeza de que, ante la decepción política, todavía nos queda el consuelo de la buena literatura.

Juan Diego Fernández presentará hoy su novela, a las 20,30 horas, en el Jardín de La Luna Nueva. El acto, libre y gratuito, está organizado conjuntamente por la librería Luna Nueva y la Fundación Caballero Bonald. Será presentado por un servidor y, a la finalización del mismo, tendremos un jerez de honor por cortesía de las Bodegas González Byass y un aperitivo por cortesía de la Luna Nueva.

Mauricio Gil Cano es escritor

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