La tribuna

Thierry Desrues

El final de la excepción musulmana

HASTA la huida del presidente tunecino Ben Ali, dos tesis antagónicas se venían imponiendo en los medios de comunicación españoles a la hora de explicar la situación política de los países árabo-musulmanes: una, que ve el islam como un factor contrario a la modernidad y la democracia; otra, que lo ve como el factor que puede conducir estos países por el camino de la modernización. A pesar de su antagonismo, ambas tesis comparten la idea de explicar a través de la religión (islámica) todo lo que acontece en estas sociedades de la ribera sur del Mediterráneo, y tienen en común ver en el islamismo la auténtica encarnación de los valores y la cultura árabe y musulmana.

Los argumentos de ambas tesis no resisten la realidad de los hechos tal como se refleja en algunos estudios sobre las sociedades de mayoría musulmana. Hay países musulmanes que son democracias pluralistas (como es el caso de Turquía) y donde la existencia de gobiernos islamistas, o cercanos a esta ideología, se debe al hecho de haber sido elegidos de forma democrática, sin que una vez en el poder cuestionen los principios de libertad, igualdad y pluralismo.

La realidad empírica nos muestra también que el islamismo ni es una ideología homogénea ni tampoco es la única que representa las aspiraciones de los pueblos árabes. Y esto es así porque las sociedades árabo-musulmanas se caracterizan por su diversidad tanto étnica (donde coexisten árabes, kurdos, amaziges….), como religiosa (suníes, chiíes, cristianos, agnósticos…) e ideológica (socialistas, comunistas, liberales, panarabistas, islamistas radicales, islamistas moderados…). Asimismo, se simplifica en exceso cuando se habla del islamismo como movimiento homogéneo, cuando su realidad es diversa y heterogénea según la tradición de cada país.

En todo caso, el islamismo no posee ya el monopolio de las esperanzas de las poblaciones árabes. La democracia secular es una aspiración ampliamente compartida por una gran parte de la población, tal como venían indicando desde hace algunos años diversas encuestas y han mostrado ahora las grandes movilizaciones de Túnez y Egipto (por ejemplo, los Hermanos Musulmanes son un actor más de la protesta egipcia, pero no el único ni siquiera el que ha tenido el protagonismo en estas tres semanas de movilización).

Si se miran los resultados de la Encuesta Mundial de Valores dirigida por R. Inglehart y P. Norris (agosto-diciembre 2004), puede verse que los datos son muy similares entre las sociedades árabes y las occidentales en todo lo relativo a la importancia que le atribuyen a los valores democráticos y al pluralismo político. Sólo en materia de igualdad de género se produce una divergencia entre ambas poblaciones. Otros estudios (M. Tessler, Comparative Politics, 34, 2002) también nos dicen que el apoyo a la democracia es mayoritario entre los ciudadanos árabo-musulmanes, y que el islamismo moderado no es visto por la población como una contradicción con la democracia, sino, por el contrario, como algo compatible con ella.

Lo que muestran estos estudios es que, a la hora de determinar la ideología política de la población de mayoría musulmana, la religión no es una variable tan influyente como se pudiera pensar. Y ello es así porque la realidad de estos países es más compleja de lo que creemos, al estar experimentando las contradicciones propias de unas sociedades sometidas a gobiernos autoritarios en el marco de un profundo proceso de cambio social que estos gobiernos son incapaces de frenar.

La preocupación occidental por que el recién iniciado proceso de transición democrática en el Mediterráneo derive hacia el ascenso del islamismo (y el miedo de los gobiernos europeos y norteamericano de que todo ese proceso desemboque en el modelo iraní), revela que el sesgo culturalista no ha desaparecido del todo de las cancillerías occidentales, que dudan de la capacidad de las poblaciones árabes para transitar por el camino de la democracia.

Bienvenido sea el cambio político en Túnez y Egipto por lo que tiene de conquista de las libertades. Pero sea bienvenido también si con él logramos eliminar de nuestros análisis el prejuicio de la "excepción musulmana" y conseguimos definir nuevas categorías para, superando los viejos clichés basados en la hegemonía de la religión como factor explicativo, comprender la compleja realidad de los países árabes.

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