Habladurías

Fernando Taboada

Por una revolución sostenible

NADIE se atreve a decirlo, pero las revoluciones contaminan una barbaridad. No tanto el medio ambiente como los cerebros, que sufren calentamientos globales y empiezan a albergar ideas tóxicas contra los poderes establecidos. De ahí que sea urgente, para mantener el espíritu incendiario pero sin perder los modales, emprender revoluciones "sostenibles".

Un caso ejemplar lo brinda el Che. Aparte de pertenecer al selecto grupo de los que pasaron a la historia con un nombre de tres letras (sólo Mao y el Cid lo igualan) su figura es de enorme relevancia porque, al morir, sin dejar de ser la imagen de la revolución, pasó a convertirse automáticamente en un icono del mercado, tan válido para estampar llaveros como para adornar los dormitorios de esos jóvenes que quieren mostrar su inconformismo antes de opositar a notarías.

Mientras que el Pato Donald es ideal para promocionar juguetes, y toreros como Machaquito vienen al pelo para las etiquetas de aguardiente seco, la figura del Che es perfecta para publicitar esos productos orientados al consumidor joven (como las bebidas sin calorías y los pantalones vaqueros) que dan a quien los compra una plena sensación de libertad. Por cierto, nunca entendí por qué los vaqueros dan más sensación de libertad que los pantalones de pana o los de mil rayas.

Sectores presuntamente conservadores como la banca hace tiempo que incluyeron en sus estrategias de mercado las revoluciones sostenibles. Al no haber incompatibilidad entre tener un aspecto rebelde y velar por los intereses de la empresa, es muy normal que el empleado que va a concedernos un crédito lleve, además de la corbata reglamentaria, una argolla en la oreja. Y las principales firmas de moda tampoco hacen ascos a esta forma de entender la rebeldía. Gracias a una exposición recién inaugurada en torno al Che, he sabido que por solo 600 euros podemos lucir una camiseta la mar de pintona con su cara. ¿Hay una prenda más chic para que el turista que llega a La Habana demuestre su solidaridad con el pueblo cubano?

Y si la banca y la moda han sabido incorporar la revolución a sus negocios, ¿a qué esperan las instituciones públicas para imitarlas? Ya hay tímidos ensayos al respecto, pero no basta con subvencionar campañas de grafiti. ¿Para cuándo unos estudios superiores que enseñen a ser rebelde como Dios manda? Porque los rebeldes hacen mucha falta en esta sociedad adocenada. No estaría de más que alguien, funcionario de carrera, ejerciese su revolución en horario de ocho a tres y atendiera en ventanilla las demandas de los agitadores, tramitando motines, promoviendo revueltas callejeras, pero bien organizadas y supervisadas por un inspector general. No como esas que montan los anarquistas, que ni tienen orden ni salen publicadas con antelación en el Boletín Oficial del Estado.

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