HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

El último golpe

El 30 aniversario del intento de golpe de Estado de 1981 ha acaparado en estos días demasiada atención periodística. Sus misterios han hecho sobrevivir tres decenios la última asonada de la tradición militar del siglo XIX. La moda de la novela histórica, atenta a los misterios sin resolver de las conspiraciones templarias, los pactos de lobos contra el liberalismo o los tejemanejes de los prioratos, cuenta con amplio campo en el 23 de febrero para dejar libre la imaginación y tejer conjuras imaginarias. ¿Se ha escrito de la ucronía del improbable triunfo del golpe? Según una constante histórica, los carros de los vencedores llevan siempre una multitud detrás, y no sólo del pueblo maleable, sino de políticos relevantes, militares de media y alta graduación, comerciantes en sentido amplio, medios de comunicación, obispos, abades y altas magistraturas del Estado. Sería divertida una novela de historia ficción que lo imaginara.

En España casi todo tiene ideología, lo animado y lo inanimado, y no todos los golpes de Estado son malos. Según sean de izquierdas o de derechas, serán liberadores u opresores. Poco antes de la II República hubo un intento bueno, el de Galán y García Hernández, y durante ella otro de la misma bondad, el del partido socialista en Asturias, y dos malos: el de Sanjurjo y el de Franco, este último malísimo porque derivó en espantosa guerra civil y Franco se mantuvo en el poder hasta su muerte en la cama, sin que sus enemigos lo derrocaran. La ley de Memoria Histórica quiere ahora resolver este asunto y darle un final distinto, deportando, si hiciera falta, a los historiadores remisos y renuentes a campos de exterminio. Hay otros golpistas buenos: Riego, Espartero, Prim o Villacampa; y malos: Martos, Pavía, Martínez Campos o Primo de Rivera, todos de la tradición liberal, partidaria de la intervención de la milicia en política.

Los golpes de Estado han pasado de moda y no son prácticos. Ahora se sigue el ejemplo de Hitler: ganar unas elecciones democráticas para acabar con la democracia con ingenierías sociales, prohibiciones extravagantes, educación ideológica y abandono de la formadora, intervención en la intimidad y en la conciencia, alianzas con correligionarios terroristas y, en suma, relativismo moral, es decir, amoralidad. La noche de Tejero dormí poco y no pasé miedo. Hay conocidos que no se lo creen. Pues así fue, no pasé miedo. Pensaba una y otra vez: ¿golpe contra la monarquía?, ¿contra un gobierno de derechas?, ¿contra la normalidad europea?, ¿contra los amplios sectores hartos del anacronismo franquista? Eta hubiera sido la única beneficiada porque otra dictadura le hubiese dado argumentos, pero la gente estaba cansada también de la monotonía terrorista. Contra Franco vivíamos mejor, hacíamos lo que nos daba la gana y esperábamos un mundo más civilizado. Ahora nada está claro.

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