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Tribuna

Rafael rodríguez prieto

Profesor de Filosofía del Derecho y Política en la UPO

El nacionalismo y el horror

El verdadero error, lo que ha conducido a nuestros políticos a un acontecimiento como el que vivimos, ha sido pensar que es posible negociar con el nacionalismo

El nacionalismo y el horror El nacionalismo y el horror

El nacionalismo y el horror / rosell

Y así, revertiéndonos la olla vacía, los españoles nos consolamos del hambre y de los malos gobernantes" (Valle Inclán, Luces de Bohemia). Son las 03:34 am. La mayoría separatista ha aprobado la ley del referéndum y la ley de transitoriedad. España regresa a una amarga noche, semejante a la del 23-F, que desemboca en los terribles años 30 del pasado siglo.

Desde esta tribuna he reiterado durante años que las intenciones de los nacionalistas eran claras. Demasiados colegas me dijeron que exageraba. No se trataba de un suflé, de una apuesta meramente financiera o de un episodio pasajero. En España se ha permitido, tolerado, e incluso subvencionado, a un grupo de individuos que han diseminado racismo, xenofobia, clasismo y, en resumen, un odio que señala al discrepante. La sensación de impunidad y el miedo han hecho el resto.

Un nacionalismo que hunde sus raíces en el periodo que va desde finales del XIX a comienzos del XX. Sus textos están trufados de conservadurismo carlista, de falsedades históricas y de supremacismo. No vale la pena entrar en su necesaria y decisiva complicidad en el fracaso de la experiencia de la II República. Todo ello fue negligentemente olvidado cuarenta años después. Ni siquiera es necesario detenerse en el papel que el nacionalismo tuvo en las dos guerras mundiales. Después de los horrores del siglo XX, culminados en la ex Yugoslavia, los argumentos contra el nacionalismo son tan abrumadores que convierten la situación española en una anomalía. La permisividad y los complejos hispánicos son dignos del diván.

El verdadero error, lo que ha conducido a nuestros políticos a un acontecimiento como el que vivimos, ha sido pensar que es posible negociar con el nacionalismo. Su enfermiza visión del mundo y sus vicios han colonizado la política española. En España se ha extendido la falsa idea de que los diputados representan a su comunidad, en vez de al conjunto de los españoles. El interés general ha sido la primera víctima del nacionalismo.

PP y PSOE son corresponsables del golpe. Han apoyado su acción de gobierno en intereses nacionalistas. Si eran necesarios sus votos, como consecuencia de un sistema electoral que les favorece injustamente, ¿no hubiera sido más leal con la democracia que hubieran acordado reducir su influencia al mínimo? Lo fácil fue reforzar la injusticia e insolidaridad del cupo o dar el control de la educación a la Generalitat. Los frutos están a la vista. Era más sencillo hacer la vista gorda ante la humillación de los conciudadanos resistentes y los símbolos comunes. Se les ha permitido apropiarse de las instituciones.

Lamentablemente, todo irá a peor. Una variante estratégica de los nacionalistas es forzar la situación hasta las últimas consecuencias, lo que incluye una violencia más explícita y amplia. Esta puede ser un factor que les permita lograr una mediación internacional que refuerce su causa. Otras opciones pueden venir de propiciar una coyuntura en la que convivan dos legalidades en la que una termine expulsando a la otra. El presidente nos pide que confiemos en él. Ojalá le salga bien, pero no deja de tener ciertas semejanzas con sacar a la patrona del pueblo para que llueva. Si nos giramos a la oposición, el cielo aun se torna más gris. Que en pleno golpe de Estado el líder de la misma se encuentre enfrascado en algo más semejante al Concilio de Nicea que en defender al Estado causa preocupación. Desconocemos cuántas naciones ha logrado identificar en España. Lo que parece seguro es que su solución consiste en asumir la mayoría de los argumentos de los golpistas. Si queremos que España sobreviva, los andaluces y el resto de españoles nos tendremos que convertir en colonia de los nacionalistas catalanes. En eso consiste la solución dialogada. Molt ben.

Aquellos que juraron defender la Constitución maniobran hoy para que no se note que gobiernan o legislan. ¿Proporcionalidad? En puridad, a un golpe cuyo fin es la destrucción de España, la respuesta es el estado de excepción. Hay otras opciones que todos conocen, puede que más eficaces, pero en términos de proporcionalidad solo hay una respuesta. La línea entre inacción y traición se torna peligrosamente tenue.

La propia idea de independencia en un contexto global, donde las grandes empresas e institucionales supranacionales alcanzan unas cotas de influencia superior a los gobiernos estatales más poderosos, mueve al sonrojo. Que esa separación va a reportar beneficios maravillosos, implica un serio trastorno mental tardoadolescente. La secesión no es el núcleo del problema, sino la aniquilación de la soberanía de los españoles y, por tanto, de España. Un proyecto común de siglos, con sus luces y sombras, pero que hoy es garante de unos servicios públicos que serían inasumibles en otras circunstancias. Tengan la maleta en la puerta. Por si acaso.

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