Flamencolorquiano

La gigantesca sombra de Federico

Foto: Antonio Pizarro Foto: Antonio Pizarro

Foto: Antonio Pizarro

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En su corta vida, Lorca logró forjar una imagen de sí y una obra tan gigantescas como la sombra que nos ha dejado tras su terrible asesinato. Por eso era casi un deber que Granada, su ciudad, lo recordara cada año sobre las tablas, para lo cual, entre otras cosas, se creó el ciclo Lorca y Granada en los jardines del Generalife, una cita veraniega en la que se van alternando las compañías privadas con el Ballet público andaluz. Este año, la obra destinada a habitar el Generalife ha sido Flamencolorquiano, la tercera que asume Rafael Estévez como director de un Ballet Flamenco de Andalucía que llegaba pletórico anoche al Teatro de la Maestranza, tras haber realizado con un notable éxito 33 funciones en los mágicos jardines.

Los artífices de este hermoso y denso espectáculo, Rafael Estévez y Valeriano Paños, lo definen como una sucesión de estampas coreográficas, musicales y escénicas. Y eso es justamente lo que es. Algo que parece simple si no fuera por que el talante personal y el talento poético y dramático de Federico son tan enormes que condensar dichas estampas en algo menos de dos horas era un reto tan complejo como intentar valorarlo en estas pocas líneas.Uno de los activos de ese trabajo, en absoluto narrativo, es la variedad de registros que logra plasmar en el escenario. Uniendo la realidad a la literatura y la literatura al mito, el BFA nos lleva en volandas del humor a la tragedia y de ésta a la más alta poesía surrealista o a su amor por el folkore y la música popular. Como ejemplo de lo primero, baste citar la divertida y fantástica escena de la Residencia de Estudiantes, cuando un grupo de jóvenes llenos de energía y de ilusiones (luego etiquetados como Generación del 27) se reunía en torno al piano del andaluz (aquí el genial multiinstrumentista José Luis Pérez-Vera), que los animaba con sevillanas y canciones populares, o jugaban con las jitanjáforas, los anaglifos de Pepín Bello o los cadáveres exquisitos. Un derroche de imágenes a las que siguieron, entre otros, un homenaje a la Malena por parte de Sara Jiménez y Macarena López, que bailó unas preciosas alegrías a la antigua con una bonita bata de cola verde de lunares. Una bella nota de color en el negro dominante. También vimos el baile exuberante de Valeriano Paños en escenas como La muerte de Antoñito el Camborio o el Romance de Don Boyso; y Las tres morillas, una preciosa coreografía sobre la voz a capela de Pérez Vera, y La Tarara, en una espléndida y teatral interpretación de toda la compañía... Todo eso y mucho más, porque tampoco se olvidaron de las Misiones Pedagógicas, vistiendo a Paños con el célebre mono azul de sus promotores; ni de Las calles de Cádiz, de su amiga La Argentinita -donde Ezpeleta se inventó eso del Tirititrán-, ni de sus viajes por Cuba o Nueva York.

Una auténtica fiesta musical y coreográfica, llena de sorpresas y de riqueza que, si bien resultó un poco larga debido a su densidad, alcanzó altas cotas de calidad gracias a la labor de todo el equipo. Junto a los músicos, un joven y espectacular cuerpo de baile se mostró disciplinado y con un vocabulario tan amplio como para pasar sabiamente de un registro a otro creando escenas corales de gran expresividad. A la teatralización de algunas escenas, enriqueciendo sin duda el uso de los espacios, contribuyó también la labor del coreógrafo y musicólogo Juan Kruz Díaz de Garaio, mientras que Olga García hizo lo propio con las luces. Anoche, además, hubo una nota de jondura que no siempre aparece en los grandes ballets. La puso la jovencísima María Terremoto, hija del fallecido cantaor jerezano Fernando Terremoto. Su aparición con mantón rojo ante la foto gigantesca de Pastora Pavón fue tan memorable como los tangos que le cantó a Rafaél Estévez -que derrochó arte y flamencura- y el Anda jaleo con que se despidió. Una gran noche para la joven danza andaluza.

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