Daniel Casares I Guitarra

El toque remoto

El guitarrista en un momento de su recital en el Real Alcázar. El guitarrista en un momento de su recital en el Real Alcázar.

El guitarrista en un momento de su recital en el Real Alcázar. / Claudia Ruiz Caro (Sevilla)

Sería por lo arriesgado de la propuesta en la que se presentaba con su guitarra al desnudo, por el ansia de querer reivindicar un sitio propio para este instrumento y para sí mismo, por lo que implica estrenar un álbum -Guitarrísimo- tras meses de confinamiento o por la monumentalidad de un espacio como el Real Alcázar, tan bello como traicionero, que el recital de Daniel Casares acabó siendo un introspectivo soliloquio en el que faltó claridad y conmoción.

Es decir, desde que arrancó por alegrías sentimos que el esteponero había instalado su sonanta en un lugar remoto que el público no terminó de encontrar. Por eso, a pesar de su virtuosa técnica, el pulso con el que toca, su manejo de los contratiempos, la búsqueda que propone con su mano izquierda, el juego de volúmenes o su riqueza rítmica costó conectar con un concepto musical que proponía ser muchas cosas, pero apenas cuajaba en una concreta.

Así, apoyándose únicamente en los precisos compases de Montoya y Bonilla, el artista desprendía cierta orfandad, como si necesitara de los habituales asideros que sostenían sus anteriores propuestas para proyectar la luz que se le intuye. El desamparo se notó más en palos como la soleá, los tangos o las bulerías porque en la taranta Mi refugio, en la fantasía que dedicó a los afectados por el virus y, sobre todo en la guajira Luz de vida -sin duda lo más emotivo de la noche-, disfrutamos de un Casares lunático y explorador que, con un toque dulcemente placentero, parecía susurrar y acariciar con sus notas.  

De hecho, aquí, en esta inquietud suya por no repetir discursos, en las influencias de otras músicas y guitarras que se le notan en sus manos, en los matices personales de sus composiciones y en su frescura es donde reconocemos al Casares más interesante. El malagueño, al fin, quiso enfrentarse a una búsqueda en un registro más contenido y sereno, pero echamos de menos cercanía y jondura. Y, sobre todo, estremecernos y entender el mensaje entre tanta idea suelta. También, por cierto, comprender el papel -y el vestuario- de Sergio Aranda en el zapateado con el que acompañó al guitarrista.

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