Bienal

Las tradiciones de Morente

  • Usa lenguajes de diferentes tradiciones, o un lenguaje nuevo creado a partir de otros antiguos.

La suya, su música, es también una tradición. Por eso nos habla doblemente de nosotros. De lo que éramos, de lo que somos. Como todo arte pertinente, que es decir lo mismo que como todo arte, se dirige a nuestra intimidad, llámese amor, muerte, tiempo: en realidad son sinónimos; melancolía, ira, deseo, miedo. Son el mismo sentimiento, que nos recuerda cada día que estamos vivos. De eso nos habla el arte. De eso nos habla Morente.

Pero a ello se suma el hecho, menor acaso comparado con lo anterior, de que Morente es una tradición. Es una tradición flamenca, granadina, andaluza. Y por eso nos habla de nosotros, de nuestro pasado, del día en que lo encontramos a través de unos versos de Antonio Machado, en Alcalá la Real. De aquel atardecer en la playa del Puerco de Chiclana en el que nos citaba a través de Miguel Hernández con nuestro amor.

Enrique Morente diluye géneros y tendencias. La distinción entre clásicos y modernos atañe tan sólo a los académicos. Ayuda a recordar los nombres de los creadores, de los intérpretes. Pero sabemos que estas clasificaciones son un mapa que no debe ser confundido con el territorio. Los que aspiramos a conocer el territorio tenemos que echarnos a la calle, quemarnos. Llenarnos los pies, y el pecho, de tierra, agua y cielo.

Así pues,  los que vivimos y respiramos en la calle: cada recital de Morente es una nueva obra de arte recién parida. La cuestión fundamental no es hablarle de tú a las tradiciones. La cuestión es hablarle a nuestra alma. La cuestión es recordar que estamos solos, para eso vamos al teatro. Para eso nos enfrentamos con el poemario. Que estamos solos con nuestra muerte. Lo demás son pasatiempos, frivolidades sociales. Porque a nadie le amarga un dulce.

Para ello, para hablarnos de lo que importa, las tradiciones son un lenguaje que se va actualizando conforme el hombre descubre asombrado el sol y la piedra. De ahí lo absurdo de que unos le llamen innovador y otros tradicional. Morente conoce y usa de todas las tradiciones flamencas: desde las cabales de Silverio hasta la malagueña del Mellizo, pasando por Matrona, es decir Chacón, Sellés, es decir Cádiz, etc. Pero, ¿no son Picasso, Lorca, Miguel Hernández, el rock, Leonard Cohen, otras tantas tradiciones, otros lenguajes, ya antiguos, de nuestro espíritu? Antiguos, pero no viejos. Aunque sí que conviene actualizar. Pero el lugar al que se dirigen (nuestro corazón, nuestros genitales, nuestra cabeza) es el mismo que el de los ancestros, los que vinieron antes.

Todas las tradiciones citadas se fundieron anoche en la escena. Mas con un objetivo: comunicar de corazón a corazón. Si este verano en Alcalá de Guadaíra nos ofreción un recital vital, una celebración del hecho de estar vivo, anoche en el cierre de la Bienal nos recordó como nos vamos yendo, nos vamos muriendo. Mario Maya estuvo en el recuerdo porque él se fue y nosotros nos vamos. Nos vamos un poco con él, de la misma manera que su risa y su voz vivirá con nosotros incluso cuando no estemos, después de que los hayamos olvidado. Eso nos dijo anoche Morente. Claro que lo elegíaco puede ser también una celebración vital, como demostró con las melodías y las letras del Aleluya de Leonard Cohen que cerró el concierto: luego vinieron dos bises. Dos regalitos, ya con un espíritu distinto, de fiesta. Por tangos y por bulerías. Recordando, recapitulando: tangos de Morente, melodías creadas en 1975, La estrella, melodía de 1978, Yo escucho los cantos, de 1978 con texto castellano invernal de Antonio Machado. Y Adiós Málaga, de su última obra, a ritmo de bulerías.

La primera parte fue un encuentro de dos amigos llamados Enrique y Pepe: soleares, cabales, malagueñas, alegrías, seguiriyas. Morente cantó por las tradiciones flamencas como no se ha cantado en esta Bienal. No sólo por emoción y creatividad, también por repertorio melódico y lírico (esta última línea va para los académicos, claro): es asombrosa la variedad literaria y musical que maneja. Como él mismo decía ayer en estas páginas, es un enorme aficionado. Lo que hace sólo lo puede hacer un enorme aficionado, un conocedor de todas las tradiciones apuntadas. En la segunda parte el contrapunto melódico y la base armónica la pusieron El Paquete, sobrio, y Cerreduela, inventivo, colorido. Ahí entraron otras composiciones del maestro como La aurora de Nueva York: el gemido de Wall Street que cantó Lorca en 1929 es de una actulidad apabullante.También Compases y silencios de su último disco, con el contundente Eric Jiménez a la batería. Cada día canta mejor. Sólo me resta decir: gracias maestro.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios