Taxi a Gibraltar | Crítica Van un español, un argentino y una de pueblo...

Furriel, García-Jonsson y Rovira en una imagen de 'Taxi a Gibraltar'. Furriel, García-Jonsson y Rovira en una imagen de 'Taxi a Gibraltar'.

Furriel, García-Jonsson y Rovira en una imagen de 'Taxi a Gibraltar'.

En el cine español proliferan las coproducciones que evidencian su oportunismo y búsqueda de rentabilidad exprés bajo esa fórmula algo ortopédica que supedita siempre la historia, el guion y los chistes al propio diseño financiero del proyecto antes que a la originalidad del mismo.

Es el caso de esta Taxi a Gibraltar hispano-argentina a la que se nota en cada escena, cada personaje y cada gag ese intento de agradar a las partes y públicos de cada país no sólo con el protagonismo compartido de Dani Rovira y Joaquín Furriel, sino con su condición estereotipada y caricaturesca de españolito cascarrabias y argentino verborreico que, observados por el tercer vértice femenino que compone García-Jonsson y unidos frente al enemigo común (la Inglaterra pre-Brexit), se lanzan a una road movie por carreteras del Sur con escaso sentido de la progresión y una no menos chapucera puesta en escena sin apenas ideas cinematográficas.

Y los chistes tampoco es que sean de última generación: del “¡Gibraltar español!” al subtitulado del ‘llanito’, del mono cabreado a los policías aficionados a los salaítos, la cinta que dirige Alejo Flah (Sexo fácil, películas tristes) encadena una serie de desiguales sketches con pretensión cómica emborronados por el inevitable mensaje blando sobre los efectos de la crisis en los curritos, la vida sentimental en los pueblos andaluces (sic) o la paternidad incipiente, asuntos todos que, con Rovira de por medio, no invitan precisamente a la carcajada.