7 pecados capitales de la feria

Lujuria a lunares

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ES una suerte. Si en vez de caer en mayo, se celebraran, por ejemplo, a mediados de febrero, tal vez nuestras fiestas se parecieran más a las fiestas de Helsinki, que deben de ser un poco coñazo. Pero no. La Feria del Caballo se celebra ahora, que es cuando la naturaleza se descoca, las hormonas se broncean y los escotes se desmadran a ritmo sabrosón.

Podrá hacer una ventolera del demonio, como hizo ayer. O que llueva, como dicen que toca hoy. Pero me apuesto lo que haga falta a que, por muy perro que se presente el día, seguro que no van a ver ustedes en toda la Feria a ninguna señora vestida de flamenca con bufanda y leotardos de lana.

Esta abundancia de escotes desfilando por el Real es muy de agradecer, sobre todo para los mirones, que aquí encontrarán entretenimiento por doquier.

El mirón de feria, durante años de adiestramiento, ha desarrollado facultades extraordinarias para la captación de escotes en un radio de 500 metros. Capaz de enfocar a la vez a una morenaza que se venga contoneando por el templete municipal y a dos jais que estén entrando justo en ese momento por la puerta de Los Cherokees, el mirón de feria es como un controlador aéreo pero sin ponerse nunca en huelga. Su poderoso giro de cuello es también digno de estudio ya que, según las calidades que se le pongan a tiro, será capaz, como las lechuzas, de voltear la cabeza un ángulo de 180 grados, pero si la ocasión lo merece, realizará un giro completo sin dejar de perder la sonrisa.

Lástima que no llegara a buen puerto aquel plan de montar una playa artificial en el González Hontoria. Es cierto que las sevillanas, bailadas en biquini, se podrían confundir con la danza del vientre, pero ante el panorama de ver tanta carne al fresco, los mirones lo iban a agradecer de corazón.

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