XXV Festival de Jerez Tocando el corazón

Antonia Jiménez, durante su paso por Sala Compañía.

Antonia Jiménez, durante su paso por Sala Compañía. / Manuel Aranda

La guitarra de Antonia Jiménez nos sabe a gloria porque toca con el corazón. Esta portuense universal (por aquello de ser un alma nómada) es el ejemplo claro de la ecuación esfuerzo y constancia igual a excelentes resultados. El territorio sonoro con el que nos encontramos seduce al más impasible acerándolo, por tanto, a la llama hirviendo procedente de las seis cuerdas que acarician sus manos. Siendo su repertorio absolutamente flamenco, su público es diverso.

Si hace unos días la vimos sobre el escenario de la Sala Compañía arropando a Melchora Ortega (presente entre el patio de butacas con sus conocidos jaleos), ayer llegó al mismo lugar para defender, además de su conocida faceta en el acompañamiento, su perfil concertista regalándonos un recital exento de vacías pretensiones. Lejos de abusar de una vertiginosa técnica de la prima al bordón, Antonia recurre acertadamente a la melodía, a la armonía y a la belleza.

Aunque fue ella la verdadera protagonista del concierto, contó con en el cante en determinados momentos de Inma ‘La Carbonera’, así como con Kike Terrón, en la percusión, y con el violín de Víctor Guadiana, culpable conjuntamente de la máxima emoción de la tarde.

La guitarrista comenzó su participación en el Festival de Jerez de forma contundente por marianas, aunando a todo el equipo sobre el escenario y arrancando los primeros aplausos. Justo después, dio las gracias a las organización por contar con su presencia doce años después, cuando triunfó en el Palacio de Villavicencio. Desde entonces su crecimiento es abismal, y es que no ha parado de compartir escenarios con lo más granado del baile y eso aporta conceptos y recursos infinitos.

Ahí quedaron sus composiciones por taranta y guajiras, de la solemnidad al gozo, llegando a la seguiriya o la petenera, apoyándose en el primero de estos estilos en el cante de ‘La Carbonera’ para pasar a hacerlo seguidamente en el violín de Guadiana. Llegó hasta la ciudad de la Alhambra en los tangos y en la granaína, concluyendo a ritmo de romances y bulerías.

Antonia demostró una vez más que sus manos son dos vehículos de su corazón flamenco siendo la guitarra el altavoz de sus sentimientos.

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