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La insumisa juerga de Estévez y Paños

XXX Festival de Jerez

Estévez / Paños y Compañía han protagonizado el estreno absoluto de Doncellas. Juerga permanente, inspirado en el guitarrista Ramón Montoya, el padre del toque moderno

Imágenes de Estévez/Paños y Compañía con Doncellas. Juerga Permanente

Estévez, Paños y Compañía, en el Teatro Villamarta. / Manuel Aranda
Valeria Reyes Soto

25 de febrero 2026 - 07:23

Había mucha expectación por descubrir qué tipo de juerga permanente proponía esta dupla creativa y efervescente formada por Rafael Estévez y Valeriano Paños, investigadores incansables, coreógrafos de altura, artistas de agudizado ingenio y expertos en la disolución de formas. El guitarrista de finales del XIX Ramón Montoya era la piedra angular a nivel musical. En 2026 ha sido Alejandro Hurtado el que ha sostenido de forma magistral el espectáculo en su totalidad. Salvo breves impases, Hurtado ha acompañado con la guitarra la juerga permanente de Estévez / Paños, interpretando la música de Ramón Montoya, del que Antonio Chacón llegó a decir “la guitarra de Montoya soy yo misma”. Partiendo de este guitarrista, considerado el padre del toque moderno, el resto ha sido todo una propuesta creativa mayúscula originada por estos grandes creadores y su compañía: José Alarcón, Jesús Bergel, Pol Martínez, Manuel Montes, Jorge Morera, Jesús Perona y Yoel Vargas.

El telón sube y en esos breves segundos se intuye la pulcritud, la solvencia, la amplitud artística. Doncellas transcurre como un péndulo, con un extraño equilibrio entre el todo y lo concreto, apuntando al lugar exacto en el que sucede la explosión creativa y el genio de la síntesis. La escena comienza con una imagen clara: la guitarra es protagonista. Mirando hacia el patio de butacas y bien iluminada. Abajo y de espaldas al público, el cuerpo de baile se dirige hacia él. Y comienza el espectáculo. Al principio es una juerga más contemplativa, evocando a los cafés cantantes o a las fiestas de señoritos: uno baila, muchos miran. No hay colectividad ni rito. De fondo pero con total protagonismo siempre, la guitarra sonando.

Decían Rafael y Valeriano en un encuentro previo al estreno en el Festival de Jerez que nunca han querido poner etiquetas a su trabajo, y aunque suena a cliché, lo cierto es que es realmente complicado clasificar su insumiso estilo. La juerga de Estévez / Paños transita de forma asombrosa y con minimalismo por tiempos, movimientos y músicas lejanas y aparentemente antagónicas. En Doncellas suenan grabaciones antiguas de flamenco y bailan un contoneo de hombros con tintes drag. Una escenificación de un pantocrátor convertido en estrella del pop. La juerga puede ser un braceo a lo lago de los cisnes, unos felices años 20 o la representación de una Piedad rematada por soleá. La sensualidad aquí se viste de posguerra española y convive con la ruta de las carreteras del Saler valenciano.

Cuando la guitarra brevemente desaparece, siempre hay un compás de fondo. Un latido flamenco que se entremezcla con sonidos de ahora. La juerga pasa por el tambaleo, por cuerpos ebrios que impactan entre ellos, por la masculinidad rampante. Las reuniones ahora difícilmente son privadas, miramos más a través de la pantalla que de nuestros ojos, festejamos más por la pose que por la realidad. Desconexión digital llevada a la escena de este Doncellas.

Las fronteras se diluyen pero un hilo atraviesa todo con soltura de principio a fin. La danza española y la contemporánea, teatralización y sonoridad. Qué grandeza expresar tanto con tan poco, que un cacareo y onomatopeyas animales te lleven al blanco y negro. Estévez / Paños pasan por muchas juergas y ninguna es previsible. No hay fin de fiesta por bulerías (esa vendrá después, a teatro cerrado). Suena Del convento las campanas en la voz de Chacón, y tras eso, se anuncian “caramelos de mentol y coca”. La fiesta no puede parar. Aparece la colectividad y el rito.

En esta juerga hay hasta sitio hasta para un fusilamiento. Tragedia y fiesta indisolubles en el flamenco. Pienso inevitablemente en Lorca —el Doncellas del título viene de Poema del cante jondo—, y el escalofrío se hace presente. Esta atmósfera se desvanece y volvemos al principio, pero esta vez de frente. Guitarra y bailarines miran al público. La función acaba, las camisas se rompen, pero la fiesta… continuará.

Estévez y Paños no tienen fin en su cometido artístico, con un universo propio que se expande con cada nueva propuesta. Serpentean con gusto y criterio la danza española en su totalidad, la adaptan a sus formas, arraigados a la historia y excelentes intérpretes de la contemporaneidad. Saben jugar con el tiempo y están en permanente estado de gracia.

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