Un paraíso sagrado y pagano
XXX Festival de Jerez
La unión de los Premios Nacionales de Danza Ana Morales y Andrés Marín ha tomado forma en Matarife / Paraíso, una obra sobre el paraíso, el cuerpo y el deseo
Imágenes de Andrés Marín & Ana Morales 'Matarife/ Paraíso'
¿Qué tienen que ver las dudas con el paraíso? O lo que es lo mismo, ¿el miedo con la felicidad? Dudar -no en el sentido de explorar la curiosidad, sino en el de rumiar, desacelerar el pulso vital, entrar en parálisis frenando la intuición animal- posiblemente tenga que ver todo en relación a la búsqueda del paraíso que cada cual lleve dentro. En el desierto inmenso de la vida, mi duda me sigue como una sombra, dice el texto proyectado en el telón del teatro que impacta ante el público. No existe el amor que no sea de carne. Tenemos la carne, y con ella la culpa. Andrés Marín y Ana Morales proponen en Matarife / Paraíso una búsqueda del paraíso, con inspiración en los textos de la Divina Comedia. Como Dante, Morales y Marín recorren un camino arduo e incómodo, una bajada a los infiernos en búsqueda del paraíso. En esta búsqueda la carne impregna todo, desde la carne de sus cuerpos extenuados a la carne de los matarifes gitanos que asentaron el flamenco.
Para recorrer este camino acuden a la iconografía religiosa de las ciudades de la Baja Andalucía. La estética y la simbología les sirve para plantear todo un imaginario que acompañe al descenso, y hay de todo en esta procesión propuesta por los Premios Nacionales de Danza, ella en interpretación; él en creación. La escena bien podría ser la de un Pregón de Semana Santa: donde a menudo se coloca algún estandarte, ellos proponen una ventana con un confesionario; donde se pone la cruz de guía, un despacho de carne coronado por una candelería y flores de cera; donde se ubica el pregonero, Ana Morales vestida como la mujer vejeriega, envuelta en una túnica negra. Las coronas de flores, a los lados. Andrés Marín serpenteante danzando y buscando la salida. Para purificar hubo incienso, que por cierto hizo toser en bloque a buena parte del público, poco acostumbrado quizás a las bullas delante de un paso. Les falta calle un Viernes Santo.
La exploración estética y conceptual de Matarife / Paraíso es atrevida y descarada, juegan con la imaginería, más popular que religiosa en esta parte del mundo. Marín bailando con una túnica envuelta en estampitas y un sombrero con corona de espinas es como la mesa camilla de muchas abuelas, un relicario danzante. Me encanta que se subviertan los conceptos, que jueguen con la cosmovisión cofrade. El paraíso está vacío de dudosos arrastrados por la culpabilidad, de amantes con el deseo pazalizado por el pecado.
Está búsqueda del paraíso es excesiva, barroca y desmesurada. Como una recogida en calle Feria (o en la Plazuela, que para eso estamos en Jerez). Quizás sea por esto que no consigo llegar a ningún lugar, ni me elevo al paraíso ni me sacudo en el infierno. Me quedo en el purgatorio y aquí no puedo quitar ojo de todo lo que sucede, porque Morales y Marín demuestran un universo creativo estimulante, lleno de texturas, olores y sonidos que consiguen mantenerme atrapada en este limbo.
La obra tiene retales impresionantes gracias a los músicos (Antonio Campos al cante, guitarra y bajo; Daniel Suárez a la percusión; Manuel López y Francisco Javier Pérez con las cornetas y Susana Herández Ylia en los teclados y música electrónica). El paso a dos de Morales y Marín con la percusión marcando un ritmo suave pero ascendente es de una belleza de altura. La bailaora responde siempre a Marín, le da de su propio veneno y le dobla la apuesta.
Entre malagueñas, romances o tientos suena el Rezaré de Silvio, la adaptación sevillana y rock del Stand by me, y con qué precisión y gusto, las cornetas. En esa recta final, una escenografía de papel dorado sirve para que Morales y Marín se fundan con sus capirotes al mismo tiempo que suena una versión delicada y asombrosa de un himno cofrade, con acordes que me suenan a La Madrugá o al Pasa la Virgen Macarena. En este momento recuerdo que he echado de menos el silencio, ¿será que en el Paraíso no se duerme?
Y por fin, muy al final, aparece el ideal soñado en forma de bocadillo, cuando los armaos sacan su bolsita de plástico con el refrigerio. Mis pies descansan, me siento en un bordillo y parece que llevara 10 horas de recorrido. El pan blandito con la chacina del ultramarinos. La carne fresca, la culpa fuera, el paraíso cerca.
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