Cuéntame cómo pasó
La vida cotidiana de la burguesía vinatera del Marco de Jerez en el tránsito de los siglos XIX y XX
Una escapada en el tiempo a la edad de oro del vino de Jerez. Todo ocurrió en la segunda mitad del siglo XIX. En la década de los cincuenta y sesenta de aquel siglo, los bodegueros del marco viven una etapa de esplendor comercial cimentada en la exportación. Las ventas crecen y crecen por todo el mundo hasta tocar un techo histórico en 1873. La aparición del ferrocarril agilizó los negocios de esa burguesía, progresista e industrial, que tomaba las riendas políticas y urbanas de la ciudad.
El escritor y manzanillero Manuel Barbadillo distinguía dos clases de vinateros: Los de la aristocracia y los del estado llano. La aristocracia procede de la antigüedad y estos, que poseen de reliquia un escudo industrial, dimanante, verbigracia del año 1700, miran sonrientes y hasta con desprecio ofensivo a los que aparecen en el negocio en la época previa a la primera gran guerra. Hablaré de los primeros, los grandes exportadores, los caballeros, los que jugaban al polo, bebían whisky, tenían nurses irlandesas o mandaban a sus hijos a prestigiosas universidades inglesas y se bañaban en piscinas heladas.
A principios del pasado siglo, encontraréis en Jerez a tres buenos amigos con excelentes casas de numerosa familia. Uno fue Juan Pedro Domecq Núñez de Villavicencio, primer marqués de Domecq, que vivió durante una etapa de su vida en el imponente palacio de Cristina; Joaquín Rivero O'Neale entró en el negocio del vino a través de la antiquísima compañía de Cabeza de Aranda y Zarco. Vivió en la casa-palacio de plaza Rivero, también de exquisito gusto, mientras que Julián Pemartín Carrera, padre de Julián Pemartín Sanjuán, el autor del 'Diccionario del Vino de Jerez', uno de los imprescindibles para conocer nuestros vinos, lo hizo con su mujer Mercedes Díez y Zurita en otra lustrosa residencia, la casa-señorial de Pemartín, en Las Angustias y que hoy ocupa un establecimiento hotelero.
¿Una residencia más a mano? Quien haya pisado 'El Altillo' o haya seguido en su capilla gótica al cura Fuego podrá hacerse a la idea. Hace ya dos siglos, el fundador de González, Manuel María González Ángel, levantó esta finca de recreo, auténtico reducto de la era victoriana, por donde no parece haber pasado el tiempo. Cristóbal de la Quintana y Margarita González Gordon y sus siete hijas, las 'altillanas', conservaron hasta la actualidad el museo viviente de una época prácticamente desaparecida. Los cuadros siguen colgados con cuerdas, las habitaciones rezuman olor de antaño, el despacho del padre sigue tal y como lo dejó y un antiguo mobiliario recargado de fina mantelería y porcelana inglesa se sucede en cada estancia. Ahora, cuando entramos, parece sentirse que las hermanas andan por ahí cerca, muy cerca.
Al levantar el alba, hay gran movimiento de criados en las cuadras y cocheras de la casa. Encienden las chimeneas, la cocina económica de carbones Polo o los braseros de cisco y picón. Otros se afanan en cepillar los caballos o sacan lustre al coche 'Milord', o al 'Berlina-Coupé' antes de salir prestos a la bodega. El caballo es importantísimo en el desarrollo del negocio: Es signo del éxito, de la prosperidad. Y cuando los animales se multiplican y se le añaden coches para el paseo la significación de una posición social es más que evidente.
Agasajaba un buen día el conde de Bayona, el gran Manuel Misa y Bertemati, a sus ilustres visitantes de la villa y corte y a sus amistades de Jerez, entre ellas al corregidor de la ciudad, Manuel Monti y Díaz. Entre copa y copa, al corregidor se le alegraron las pajarillas.
- Parece que el vino cabalga. Es como si fuera a caballo
- Las botas alineadas asemejan un escuadrón de caballería -apuntó el conde de Bayona.
- Sí -dijo Monti-. Cada bota encierra un potro al que hay que dominar y someter.
El conde se deshizo en explicaciones sobre la bodega, los métodos de crianza del vino, sus distintos tipos... Una copa de fino aquí, otra de oloroso allá y así hasta acabar con los vinos dulces.
- Parece que el vino galopa...
- Es como si el vino fuera a caballo...
- ¡Señor conde! -exclamó Monti-. Me siento ya galopar mil caballos por mis venas. ¿Qué será esto?
- La aristocracia del vino, querido corregidor, la aristocracia del vino. El fino, caballo inglés. El amontillado, caballo árabe. Y el oloroso, caballo jerezano.
- Pues brindemos por vuestros vinos, señor conde -dijeron los visitantes.
- Brindemos por nuestros caballos, señores -dijo Monti.
- ¡Sea! -confirmó Bayona.
La lista del servicio es larga: un ama de llaves, mozo de comedor, ayuda de cámara del señor, doncella de la señora (casi siempre en su habitación por estar en cinta o recién parida); doncella de las niñas; limpiadoras, lavandera, planchadora, mozos de comedor de librea gris y pantalón azul con botones plateados o el escudo de la casa, cocheros con gorra de plato y de copa para celebraciones y mozo de cuadra, que ocupaban la planta más alta del edificio. Los señores, por su lado, habitaban la primera planta, la más soleada y accesible. Como cada mañana, el señor baja con sus hijos al comedor. Café a raudales y tostadas con mermelada antes de dedicarse cada uno a sus ocupaciones.
La mansión de Pedro Nolasco González de Soto, primer marqués de Torresoto y del que ya hemos escrito lo divino y lo humano, 'El Cuco', también se convirtió en aquellos años en una de las más afamadas de Jerez. La ciudad contaba con posadas pero no existía un hotel en condiciones. En ella se alojaron grandes nombres como los de Marconi, Sorolla o Bastida, que salían admirados por la rica colección de antigüedades que el marqués había amontonado en sus viajes por todo el globo.
En esto de la comida, los ingleses siempre fueron muy mirados, aunque la 'mezcla' con familias jerezanas o francesas les hizo mejorar ese modus vivendi y dejar a un lado la austeridad. El 'lunch' inglés, a la una de la tarde, era un simple sandwich de roast-beef y pepinillos o de salmón y ensalada, nada que ver con los gustos franceses y españoles, en cuyas mesas se sucedían los tres platos reglamentarios acompañados de vinos de Jerez. Se hacían servir sopa de puchero, pero sin los 'avíos'; tan sólo el caldo blanco con arroz o diferente pasta. Huevos elaborados o potaje de garbanzos y pollo o cacería de pluma: perdiz en escabeche, tórtolas con cebolla dorada, codornices con chaleco de jamón o zorzales envueltos en hojas de parra. Oloroso con la sopa y los garbanzos y amontillado con las aves. Fruta fresca, isla flotante de natillas y merengue, soufflés o mousses... hasta terminar con una copa de coñac. En Porvera 3, doña Carolina Pemartín de Sánchez-Romate tenía también una excelente mesa y servicio, como la de María Luisa Hidalgo, casada con Tomás Díez Carrera, que compartían casa en calle Caballeros.
La siesta era sagrada. El bodeguero diligente daba sólo una cabezada, aunque había quien incluso dormía un rato en la cama, nunca en el sofá. Las visitas se sucedían a partir de las seis de la tarde. En aquellas casas donde el teléfono no había llegado, era el cochero el que se pasaba para recoger la tarjeta. Y cuando el invento de Bell fue popularizándose, la respuesta a una llamada inoportuna podía ser esta:
- ¿Está el señor?
- El señor está recogido -contestaba la criada-. Y en Jerez, eso de estar 'recogido' puede consistir en estar durmiendo, estar leyendo o cortando rosales.
Entretanto, la relación con Inglaterra pasa de la simple necesidad comercial a convertirse en signo de distinción con la aparición de una figura al estilo del 'gentleman'. 'Todo lo inglés hacía furor en Jerez -escribía Jeffs-. Los jerezanos lucían sombreros de Lock y traje de Savile Row, e iban en los carruajes ingleses a los banquetes preparados por cocineros franceses". Y Diego Caro nos recordaba que el vestuario se adquiría en comercios de Londres: trajes de John & Peggs, camisas de Beal & Immand, sombreros de Andre and Scott, calzados de Roberts, carruajes de Peter´s y artículos deportivos de Hammond".
Tras alcanzar el poder económico, muchos de los bodegueros consiguieron consolidar su prestigio social asumiendo la representación en la vida de la ciudad. Ejemplo de esto fueron Juan Haurie, que fue Caballero diputado del Común y miembro de la Junta de Propios y Arbitrios; Agustín Blázquez, que fue regidor en Cádiz, o su cuñado Manuel Francisco de Paul, cónsul propietario del Tribunal de Comercio. En Sanlúcar, nos cuenta Alberto Ramos Santana, la lista es interminable: Antonio Otaolaurruchi, Eduardo Hidalgo Verjano, Pedro Barbadillo Ambrosy, Carlos Delgado o Tomás Barbadillo fueron alcaldes. Pero también los localizamos participando en clásicas instituciones españolas: Como miembros de la Sociedad Económica de Amigos del País en Jerez encontramos a Rafael Rivero, Juan Pedro Domecq, Pedro Carlos Gordon, José Pemartín, Guillermo Garvey... Y la primera directiva del Ateneo de Jerez, en 1897, por poner otro ejemplo, estaba conformada por Pedro Domecq y Villavicencio, Carlos de Bertemati, Carlos Rivero y Gordon, Rafael Estévez o Francisco Ivison O'Neale.
El tiempo libre era además invertido en los deportes ingleses que el marqués de Torrresoto había introducido en Jerez: El polo es un ejemplo: "Un deporte nuevo -escribía desde Londres Perico González Soto a su padre Manuel María- que requería "la sangre de un Villavicencio, el coraje de un Estopiñán y la habilidad de un Cabrera". Para su práctica encontramos el 'Xerez Polo Club', con muchos nombres ligados al vino, caso de Richard Davies, los hermanos Lassaletta Vergara, los Williams, Carl y Alexander, los hermanos MacKenzie o los Isasi González. El marqués introdujo también el tenis y el tiro a pichón, creándose las asociaciones del 'Lawn Tennis' y del 'Gun Club de Jerez'.
De vuelta al hogar, se practicaba piano, se leía en la biblioteca o, simplemente, se aguardaba tranquilo la cena, siempre entre las ocho o nueve de la noche. Más sencilla que el almuerzo, podía consistir en un consomé o crema en taza, pescado en salsa y carne y postre. Desde 1890, Jerez contaba ya con iluminación eléctrica pública, convirtiéndose en la primera ciudad del país que abandonó el alumbrado de gas. Se resolvía así un gran problema, ya que resultaba muy peligroso circular de noche por sus calles y, si se hacía, había de ser acompañado de sirvientes con garrotas, como ya nos dejaba escrito Sutter.
Proliferaban entonces los casinos, aunque nuestros grandes extractores frecuentaban con asiduidad el 'Grand National Club' o el 'Jockey Club de Jerez'.
Cada domingo, al término de la misa de las doce, los poderosos atendían a los pobres que guardaban cola ante sus mansiones. La riqueza y su buen uso: Su eficacia meramente cristiana y el amortiguador de los conflictos sociales. Los Domecq Loustau, los Sánchez-Romate, Rafael Rivero o los hermanos Misa fueron algunos nombres de familias que se volcaron en esta labor filantrópica. Por esta razón y otras muchas, la burguesía decimonónica obtuvo infinidad de títulos regios y pontificios: Tomás Osborne fue Caballero de la Orden de Carlos III; Patricio Garvey, mayordomo de su Majestad; el marqués de Misa, el conde de Osborne, el marqués de Bonanza, el marqués de Domecq D' Usquain y tantos y tantos otros...
Pero bueno... ¿de dónde sacarían tiempo estos tatarabuelos?
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