Jerezanos bizarros de ayer y siempre

Currito Núñez

Currito Núñez

Currito Núñez

EL 5 de mayo de 1770 el Alcázar de Jerez se vistió de fiesta. Contra todo pronóstico, la ya madura duquesa de San Lorenzo había parido a su duodécimo hijo, al que bautizaron como Francisco de Asís. Tan bonito nombre se vio adornado con ilustres apellidos como Núñez de Villavicencio, Fernández de Villavicencio, Villavicencio y más Villavicencio.

Mamá doña Javiera pidió al duque criar al niño, pues los otros once, en manos de tatas y criadas, casi le resultaban extraños. Además, consiguió de su marido la promesa de que el pequeño no seguiría una carrera impuesta por su noble estirpe, sino lo que su vocación le mandara.

Currito creció con libertad en los salones del Alcázar mientras vio como 3 de sus hermanos se fueron al ejército, otros 3 se ordenaron sacerdotes, 3 hermanas contrajeron matrimonios concertados con anterioridad por sus padres y la que quedaba profesó como monja en Madre de Dios. Lorenzo, el primogénito, quedó como heredero del mayorazgo y futuro duque.

Pronto el benjamín de los Villavicencio demostró interés por los animales, en especial por los reptiles y más en concreto por las lagartijas, a las que pasaba horas observando en los jardines del palacio. La madre, ilusionada por las inquietudes del chiquillo, le procuró varios tratados de zoología y ordenó al jardinero que dispusiese una pequeña parcela como terrario.

También se encargó de que una de las habitaciones más soleadas de la casa fuese clínica de reptiles, en la que el improvisado veterinario procuraba cuidados a las pobres enfermas. A los 10 años ya era un experto en ‘podarcis hispanicus’ y por esas fechas, medio en serio, medio en broma, familia y criados sustituyeron el nombre de lagartija por Currito Núñez. En un principio la chanza no sentó muy bien a Currito, si bien con el tiempo la aceptó e incluso llegó a presumir de haber dado nombre a una especie.

Emparentado con lo más granado de la nobleza local, el joven biólogo consiguió ser invitado a todas las fincas del entorno, incluso a Doñana, donde recibió el mordisco de un lagarto que casi le cuesta una mano y le tuvo con una infección un mes en la cama. Por aquellos tiempos fue atacado por culebras, víboras y hasta un camaleón le metió la lengua en un ojo, tratando de defenderse de tan contumaz científico. Ni el veneno, ni los dientes más afilados podían detener sus ansias de investigación, cuyo campo de acción se vio ampliado cuando su madre le regaló un caballo con el que pasaba horas galopando por montes, lagos, riberas y llanuras en busca de sus amados bichos.

Cierto día, en las inmediaciones del Salto al Cielo, un barranco se cruzó entre Currito y el eslizón al que perseguía. La caída fue tan grave que le llevaron a la enfermería del cenobio. Fue allí donde el cartujo que lo curaba le habló de un tal Celestino Mutis, quien había dirigido varias campañas en busca de flora y fauna por el Reino de Nueva Granada. Siempre había querido viajar a Las Indias, pues las noticias de las dimensiones de los reptiles de aquellas tierras le habían llamado la atención toda la vida. No obstante, conocer la existencia de Mutis fue lo que desató la obsesión del muchacho, quien no paró hasta que la señora Javiera le financió el pasaje hasta el Nuevo Mundo.

En abril de 1793 el señor Núñez de Villavicencio apareció por Santa Fe de Bogotá, donde fue recibido por don Celestino. En vista de los intereses del jerezano, le sugirió que se uniese a una expedición que partía en pocos días hacia el Amazonas, tierra de exhuberante naturaleza. Pese a las fiebres y los desarreglos intestinales que padeció, el diario de Currito nos habla de días muy felices por aquellas selvas. Midió y catalogó numerosas especies de caimanes, claro que siempre lo hacía con ejemplares muertos, pues le habían advertido del peligro que suponían vivos.

Su mala cabeza le hizo salir un día del campamento hasta una orilla en la que había un imponente caimán dormido. Al menos es lo que él pensaba, pues en realidad el pérfido animal estaba a la espera del primer incauto que se le acercase. Tuvo la suerte de que entre los compañeros de viaje hubiese un médico que pudo salvarle la vida, no así el brazo izquierdo, que se quedó en la barriga del monstruo.

De vuelta en Bogotá Mutis le encargó de la supervisión del museo de ciencias naturales que estaba organizando, pero Curro se aburría como una iguana al sol de los Mares del Sur. Así que insistió e insistió, hasta que consiguió un visado para instalarse en un destacamento militar curso arriba del río Magdalena. Su misión era catalogar todo ser vivo que encontrase, si bien se centró en exclusiva en los hermosos cocodrilos de tan agreste lugar. Descubrió que una mezcla de ciertas plantas alucinógenas de la zona, licuada y pulverizada sobre los saurios, funcionaba como potente anestésico, lo que le permitió obtener valiosos datos procedentes de la observación cercana. Claro que la fórmula a veces fallaba. En uno de esos fallos se fue la pierna derecha de Curro a la enorme boca de Salustiano, hasta entonces tan manso y amigable que hasta le habían puesto nombre.

Cuando Celestino Mutis vio aparecer al aventurero con la pata de palo y el brazo de menos recordó con amargura a Blas de Lezo. De inmediato, escribió al virrey para que procurase por todos los medios llevarlo de vuelta a España. Y cuando todo estaba listo para que embarcase, el prenda no apareció. Sus amistades habían conseguido montarlo en un galeón con rumbo a La Habana, desde donde navegó hasta Florida. Su última mañana transcurrió en una barca que surcaba las hoy llamadas Everglades, justo en el momento en que todos los alligators salieron a saludar a los visitantes. Currito se puso de pie, para contemplar tan sublime panorama, sin darse cuenta de dónde ponía su pata de palo. El mal paso lo llevó derecho agua y los caimanes hicieron el resto.

La noticia de su muerte llegó a Jerez el 23 de septiembre de 1795. Tras los sentidos funerales, el duque de San Lorenzo encargó al maestro de capilla de la Colegial la composición de una ópera en memoria del bizarro finado. El inigualable tenor Monaldo Angelli fue el encargado de representar en los jardines del Alcázar ‘Il pianto delle lucertole’, entre las lágrimas de familiares y allegados.

Por su parte, el corregidor dictó un bando en memoria de Currito, ordenando que a partir de ese momento toda lagartija pasase a denominarse Currito Núñez. Aún hoy los jerezanos guardamos tan hermosa tradición.

NOTA: En el volumen 48 (febrero de 2020) de la prestigiosa revista ‘Early Music’ de la Universidad de Oxford aparece un artículo que asegura que el tema ‘Se va el Caimán, se va para Barranquilla’ forma parte del primer acto de ‘Il pianto delle lucertole’. Joan de la P. Gran (así firma el investigador) dice haber encontrado el dato en el archivo musical de la Colegiata de San Salvador, si bien consultados los fondos de esta institución hemos podido comprobar que ni el libreto, ni la partitura de la ópera se conservan. Me permito desde aquí poner en duda la tesis del señor de la P. Gran, máxime teniendo en cuenta el tono luctuoso de la obra encargada por el duque de San Lorenzo

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