Tierra de nadie

Las dos Españas

Las dos Españas Las dos Españas

Las dos Españas

Sí, lo que ocurre es que esta vez no se trata de 'la azul' y 'la roja', se trata de 'la que sí' y 'la que no'. Los que pertenecen a la una o a la otra, se reparten entre políticos de derechas, de centro o de izquierdas, pueden ser nobles o plebeyos, ricos o pobres, aristócratas o de clase media o baja, obreros o empresarios, militares o religiosos, cultos o catetos, escritores o doctores o ingenieros, fontaneros o mecánicos. En todos y cada uno de los estamentos sociales podemos hallar 'ejemplares' de uno u otro bando, porque "en todas casas cuecen habas… y en la nuestra, a calderadas", como replicó Sancho a D. Quijote.

No es congénita la circunstancia que condiciona la pertenencia a uno u otro grupo, aunque en ocasiones sí se puede heredar una cierta predisposición que 'empuje' al candidato en una u otra dirección. La mayoría de las veces lo que determina la adscripción a según qué parte, es la educación, en su sentido más amplio y profundo, y el grado de dependencia de cada cual a esas dos lacras que nos someten y rebajan: el egoísmo y la vanidad.

Los tiempos cambian, la condición humana, no. La ciencia avanza de modo difícil de creer y aún más difícil de asumir; la literatura lucha, con éxito dudoso, por sobrevivir, a duras -y decepcionantes- penas; la cultura se diluye entre un maremágnum de obscenidades que el impío mercado, la vulgaridad del dinero y el veneno de la fama quieren hacernos creer que de arte se trata. La estupidez del hombre no cambia, ni se crea ni se destruye, sólo -como la energía- se transforma.

Y es, precisamente, la estupidez humana la circunstancia que divide España -y a la Humanidad toda- en dos facciones irreconciliables. La una, brillante y creativa, emprendedora y positiva, lúcida, clarividente y noble; condicionada siempre por la otra: chabacana y envidiosa, torpe y rastrera, intolerante y zafia. Es la lucha interminable entre las alas y el lastre; la contienda entre las anteojeras -que coartan, amarran y someten- y la amplitud de la mente -que libera, afianza y realiza-; la disputa sin fin, entre las tinieblas que, de modo irremediable, lleva consigo la mediocridad, y la prístina luminosidad de la inteligencia. Es la preponderancia de lo irrelevante, el olvido de la espiritualidad, el valorar lo que no debiera prevalecer, el desprecio de lo que de verdad importa.

Encadenados a un mundo que sólo se mueve a la triste luz de los fuegos fatuos a los que ahora se llaman 'valores', el anhelo por superar lacras tan antiguas como nuestra propia especie se nos escurre entre dedos ansiosos de manos arrugadas ya por una espera tan larga y decepcionante como vueltas de peonza enloquecida hemos venido dando desde los albores de nuestro existir.

Sé que no es un problema en exclusiva nuestro, sé que la iniquidad se extiende como mancha de petróleo en la mar; pero es aquí, en España, donde vivo, aquí donde antes que yo vivieron los que hicieron de mi existencia una certeza, de mi futuro un posible, de mis inquietudes una esperanza; y es, por eso, España la que me duele.

Casi todas de las muchas necedades que a lo largo de la Historia nos han llevado a la tragedia, empezaron del mismo modo: con el odio -siempre vacío, torpe e inútil- que cualquier tipo de supremacismo sea político, racial, nacionalista, religioso, o social, inyecta en el bando de los descerebrados… ante la permisividad del resto; con la progresiva conculcación de los derechos fundamentales de los que no están, en cuerpo y alma, de parte de los majaderos… con el consentimiento, velado pero efectivo, del resto; con el adoctrinamiento masivo de los enloquecidos 'patriotas' alrededor de una simbología manufacturada exprofeso a tal efecto… con el beneplácito del resto; con la paulatina justificación de la violencia como herramienta única para someter a los 'desleales' y asegurar la supuesta defensa de los principios 'sagrados' de 'la causa', cualquiera que ésta sea… gracias a la pasividad del resto. Unos y otros, 'la que no' y 'la que sí'. La estupidez se impone... Es entonces, suele ser demasiado tarde ya, cuando 'el resto' es consciente de que la estupidez se ha impuesto.

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