La manzanilla, un vino con mucho arte
El rebusco
Un recorrido por la imagen de este vino en la literatura, el arte y el cine
En estos días, la manzanilla, ese vino distintivo de la hermana ciudad de Sanlúcar, está en boca de todos, y no para beberlo, como sería lo lógico, sino por motivos menos placenteros. La polémica ha vuelto a revolver asuntos de reglamentación a la hora de aclarar a la Unión Europea los matices entre el fino y la manzanilla.
Un asunto que el profesor, y experto en la materia, José Luis García Ruiz, ha expuesto estos días en este mismo Diario. A sus artículos, como a otras aportaciones publicadas este medio, me remito.
Mis motivaciones, siguiendo las líneas marcadas en la sección El rebusco, son muy diferentes. Es una oportunidad para destacar esos valores añadidos que el paso del tiempo, como ocurre a las soleras de los vinos del Marco, le confiere la tradición y la cultura.
Los artistas no han sido ajenos a esta influencia, aportando en sus creaciones elementos a ese imaginario colectivo que ha surgido alrededor de la manzanilla.
El arte, la literatura, el cine, ya en pleno siglo XX, han sido unos medios difusores del prestigio de ese vino, como de la localidad que lo produce. En el caso de la manzanilla, casi todas estas menciones hay que encontrarlas referenciadas en autores y obras netamente españolas. Su repercusión más allá de nuestras fronteras ha sido escasa, no ocurre así con el conocido internacionalmente como sherry.
Un punto este en el que habría que hacer algunas aclaraciones que superarían el ámbito de este artículo. Como diría alguien: eso es otra historia. Así que entremos en materia.
De las buenas letras
Habría que hacer un seguimiento exhaustivo en la literatura española para seguir la pista a la manzanilla. Vamos a hacerlo desde principios del XIX, concretamente en 1832, cuando Mariano José de Larra, en El castellano viejo, hace que el narrador rechace el “manzanilla exquisito” que don Leandro le ha ofrecido de su misma copa.
Y de noble cuna, y paladar exigente, era Ángel Saavedra, conocido como Duque de Rivas. Pues bien, en dos de sus historias de viaje -los que realizó al Vesubio y a Pesto en 1844 - da cuenta de unas botellas de manzanilla, específicamente de Sanlúcar: “...y devoramos un corpulento paté de foie gras, y varias sabrosas frutas, agotando, entre alegre conversación, dos botellas de exquisito vino del Rhin, y otras dos de deliciosa manzanilla de San Lucar”.
Esto nos recuerda lo dicho por Henry Vizetelly, en 1875, en su The wines of the world: "La manzanilla fina...permite asimilarlo en gran manera a un buen vino del Rhin". Siguiendo al duque en su itinerario, vemos que se detiene para pasar la noche en una posada: “.. .donde cenamos bien y alegremente, bebiendo dos botellas de exquisita manzanilla, que nos había traído el duque de Montebello”. Vemos que a los duques les gusta la manzanilla, y no de cualquier parte, de Sanlúcar.
Y la relación continua, de autor y obra, a lo largo del XIX, un siglo convulso para España, pero esplendoroso para los vinos de esta parte de Andalucía. Y andaluces son cinco los escritores que traemos para refrendar lo dicho. Nada más y nada menos.
Iniciamos con Pedro Antonio de Alarcón. En su relato El asistente (1854) nos describe una reunión de amigos: “Una comida de amigos entusiastas, rociada grandemente de manzanilla”. Pero avanzado unos años, es Fernán Caballero, en su libro Lágrimas (1862), la que remarca de dónde tiene que ser el vino: “tráeme el precioso don de Baco, pero que no sea del de por aquí, sino del de Sanlúcar, manzanilla”. Por algo será.
Esto es lo que nos describen Gustavo Adolfo Bécquer y Serafín Estébanez Calderón en sus respectivos cuentos. El primero incluido en una de sus Leyendas, La venta de los gatos (1862): “Los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla”. Y el segundo, en La Feria de Mairena (1883) dentro de su libro Escenas andaluzas: "Los vinos extranjeros ceden allí al famoso y barato manzanilla".
Como se ve, Sevilla ha sido siempre de la manzanilla.
De los hermanos Machado, Antonio y Manuel, ambos sevillanos que dedicaron sus versos a la manzanilla, nos quedamos con aquellos que Antonio compone para retratar a Don Guido en Llanto y coplas por la muerte de Don Guido, ese sevillano de postín, “un maestro en refrescar manzanilla”.
No solo a los escritores andaluces les da por la manzanilla. El escritor vasco Pío Baroja, que además tenía parientes por Jerez y Cádiz en el sector de los vinos, nos trae esta escena de Las inquietudes de Shanti Andia (1911). En un colmado de la calle Aduana, en Cádiz, regentado por un montañés, don Ciriaco pide: “Tráigame usted una botella de manzanilla de Sanlúcar y unas aceitunas”.
El valenciano Vicente Blasco Ibáñez, autor de la polémica La bodega (1905), escribiría tres años más tarde Sangre y arena, que posteriormente sería llevada a la pantalla. En una fiesta por todo lo alto “destapábanse a docenas las botellas de ricos vinos andaluces; circulaban de mano en mano las cañas de ardiente Jerez, de bravío Montilla y de manzanilla de Sanlúcar, pálida y perfumada”. De esta novela nos quedamos con este pensamiento de Juan en sus últimos momentos de vida: “..convencido de que la existencia nada vale sin manzanilla y sin toros...”.
He dejado para el final a dos de los grandes novelistas de finales del XIX y principios del XX. Los dos escritores que más y mejor han escrito de nuestros vinos: Pérez Galdós y Palacio Valdés.
En el 2010 publiqué un opúsculo titulado Jerez y sus vinos en la obra de don Benito Pérez Galdós en el que daba cuenta con todo detalle de la presencia de los vinos de Jerez y Sanlúcar en Galdós; del que tomaremos dos ejemplos.
En el Episodio Nacional, Cádiz, de 1874, uno de los personajes llega a hacer esta comparación: “Miré a la puerta y la vi; era ella misma, rodeada de una luz dorada y pálida como la manzanilla y el jerez que habíamos tomado”. Y en su novela, El doctor Centeno (1883), entra en detalle: “...paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua que si fuera manzanilla de Sanlúcar o amontillado de treinta años”.
Por otra parte, en el libro colectivo Tres siglos bebiendo jerez (2018) publiqué un artículo titulado ‘Los vinos del Marco del Jerez en la novelística de Armando Palacio Valdés’. De este me remito a una de sus obras más conocidas, Los majos de Cádiz (1896), y a este momento: “Destapáronse las botellas y el rico y dorado vino de Sanlúcar chispeó alegremente en las copas”.
Algunas pinceladas
El arte, como decíamos, también ha querido hacer su homenaje particular a la manzanilla. Para esta ocasión empecemos por el final, teniendo a uno de los grandes de la pintura contemporánea, el malagueño Picasso.
Su obra cubista El aficionado (1912) esconde entre las letras pintadas algunas claves sobre el personaje al que hace alusión el cuadro, un aficionado a los toros. Sobre la botella, que se deja entrever, se lee “MAN”, que los expertos, Daix y Rosselet, identifican con manzanilla.
Más clara se lee en el bodegón del artista Luis Quintanilla, fechado en los 50, una obra colorista que parece transmitir experiencias vividas en la misma Sanlúcar un día soleado de verano.
De vuelta al XIX nos encontramos una gran variedad de obras de estilo costumbrista donde las cañas de manzanillas son frecuentes. Nos detendremos en el cuadro ¡A los toros! del pintor Manuel Arroyo que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Murcia. Una joven vestida con mantón de Manila posa junto a una mesa en la que hay un vaso de cristal junto a una botella con la etiqueta Manzanilla Sanlúcar.
La revista gráfica La ilustración española y americana nos depara sorpresas entre sus páginas, como el grabado titulado La manzanilla, de Alfredo Parra, fechado hacia 1892. Al pie de la imagen se indica que es propiedad de los Duques del Infantado
Lo mismo ocurre con El Buñuelo, periódico satírico y burlesco, editado en Madrid, de 1880 a 1881. En uno de esos dibujos satíricos, llenos de detalles, creados por Eduardo Sojo ‘Demócrito’, se percibe sobre la mesa de la composición dos botellas, una al lado de la otra, en sus etiquetas se distinguen parcialmente los nombres de Jerez y manzanilla de Sanlúcar.
Las etiquetas que embellecen las botellas de manzanilla merecen un artículo aparte. Aquí hemos traído la manzanilla Quitapenas, con diseño de un autor que desconocemos, Juan Luis. Pero hay muchas con firmas conocidas como Benlliure, Turina, García Ramos o Carlos Úbeda.
En la gran pantalla
La influencia que ejerce el cine sobre el público es indiscutible, y la difusión de las marcas mostradas en algunos instantes de la historia, lo que se conoce en el argot publicitario de product placement, puede ser una gran promoción para las empresas.
No disponemos de información sobre las formas y maneras que algunas manzanillas hacen su aparición en las producciones nacionales, he aquí algunos ejemplos: La medalla del torero (1924), La pastora; Centinela alerta (1937), La guita; Olé, torero (1948), La guita; Fin de semana al desnudo (1974), La gitana; Paco el seguro (1979), La guita.
Tan solo en Tintin y el misterio de las naranjas azules (1964), de Francia, hemos podido ver al capitan Haddock, interpretado por Jean Bouise, bebiendo manzanilla de las bodegas Mérito.
En el plano internacional, dos títulos, Sangre y arena (1941), con Tyrone Power, versión hollywoodense de la obra de Blasco Ibáñez, y Las 10 `30 de una noche de verano (1966), en la que Melina Mercouri se solaza con manzanilla en un destartalado bar lleno de parroquianos curiosos.
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