Bodegas

Viña Corrales, el no va más en Fino

  • El primer Fino del proyecto bodeguero jerezano de Peter Sisseck y la familia del Río se bautiza con 96 puntos Parker 

  • Experiencia y sencillez armonizan en la saca inaugural de un jerez que apunta muy alto

Carlos del Río padre e hijo, socios del proyecto jerezano de Peter Sisseck, en la bodega donde se cría Viña Corrales con una de las botellas de la primera saca. Carlos del Río padre e hijo, socios del proyecto jerezano de Peter Sisseck, en la bodega donde se cría Viña Corrales con una de las botellas de la primera saca.

Carlos del Río padre e hijo, socios del proyecto jerezano de Peter Sisseck, en la bodega donde se cría Viña Corrales con una de las botellas de la primera saca. / Pascual

Viña Corrales, Pago Balbaína, Fino, Bodegas San Francisco Javier, Barrio de Santiago, Jerez-Xérès-Sherry. El contenido de la etiqueta, con la información justa, es una declaración de intenciones. Un mensaje sencillo y directo, para que el consumidor no se pierda en detalles superfluos. Pero no lo busquen en el mercado porque la primera saca, de poco más de un millar de botellas, está ya adjudicada. Y hay lista de espera para siguientes remesas.

Se ha hecho esperar un poco, pero ya está aquí. El Covid ha trastocado un poco los planes iniciales de Peter Sisseck (Pingus), que tenía pensado sacar antes al mercado su primer vino de Jerez, un Fino de nueve años de vejez media que poco después de la fecha de lanzamiento prevista se presenta como un soplo de aire fresco, además de un revulsivo para la Denominación de Origen jerezana.

Jerez necesitaba la llegada de un grande, alguien que removiera los cimientos de esta histórica región vitivinícola en plena ebullición, y Peter Sisseck, asociado en su proyecto bodeguero jerezano con Carlos del Río González (Hacienda Monasterio), es un grande con mayúsculas dentro del mundo del vino. “Vengo a aprender”, comentó el enólogo danés afincado en Ribera del Duero con la humildad y la sencillez que le caracteriza en el inicio de su andadura por las tierras albarizas del Marco de Jerez.

Viña Corrales, con entre ocho y nueve años de vejez media toma su nombre de la viña del Pago de Balbaína de la que procede

Tres vendimias después, y sin apenas hacer ruido, el esperado fruto del trabajo de Sisseck y compañía –Carlos del Río hijo es la tercera pata de esta aventura vinatera– ve la luz para superar con nota las expectativas generadas. 96 puntos Parker, ahí es nada, saludan al primer vástago jerezano de la familia sisseckiana, heredero de del Fino Camborio que lo acuna y cuya presentación, sin adornos ni rodeos, abunda en la sencillez.

Botella de Viña Corrales, que apuesta en su diseño por la sencillez y claridad del mensaje. Botella de Viña Corrales, que apuesta en su diseño por la sencillez y claridad del mensaje.

Botella de Viña Corrales, que apuesta en su diseño por la sencillez y claridad del mensaje. / Pascual

Viña Corrales se presenta en botella borgoñona, envase de hombros caídos que resalta su elegancia como ocurre con los grandes vinos de la región francesa, rematada con cápsula color albero, como el de las tierras albarizas de la viña en la que nace, y de la que toma su nombre. La inclusión del histórico Pago de Jerez donde su ubica el viñedo, Balbaína, refuerza su vinculación con la tierra, el terruño a través del que se expresa con franqueza, y sapidez en un paso por boca limpio, pero que se hace eterno.

El tipo de vino, Fino, considerado por Sisseck como “el mejor blanco de España” y al que se dedicará en exclusiva la bodega San Francisco Javier, por metonimia de la calle en la que se ubica, que para más señas se localiza en el barrio de Santiago, como queda patente en la etiqueta en un guiño a la afición de su autor por el cante jondo.

El sello de la Denominación de Origen, con el nombre de la ciudad en un discreto segundo plano en el anverso del etiquetado (obra de otra miembro de la familia del Rio, Blanca), rematan la ópera prima para reforzar el mensaje que transmiten botella y diseño, alejados del patrón jerezano y más próximo al de los vinos tranquilos para invitar a sentarlo en la mesa, explica Carlos del Río hijo.

La viña de la que procede la uva Palomino con la que se elabora, de cepas viejas de 30 años –en el Marco difícilmente se encuentran más longevas por la sobreexplotación del viñedo propia de la zona–, se extiende por ocho hectáreas en Balbaína, el Pago del que dicen los entendidos en la materia salen los Finos más finos de Jerez.

Esta parcela situada en cota alta perteneció hasta finales del XIX a Pedro Nolasco González, bisabuelo y tatarabuelo de Carlos del Río padre e hijo, respectivamente, que casualmente también fue propietario de las instalaciones de Bodegas San Francisco Javier, sede en su día de Industrias Torresoto.

A la primera saca de poco más de mil botellas se unirá una segunda de entre 3.000 a 5.000 botellas a final de mes

El tataranieto, el que más tiempo pasa en Jerez encima del proceso que Sisseck supervisa de cabo a rabo, reconoce que la vendimia de este año ha sido muy complicada, pero a base de experiencia, han sacado adelante una cosecha sana y de excelente calidad, aunque bastante más corta de lo habitual.

El viñedo está en producción ecológica, la única que conciben para hacer un buen vino que hable de la tierra, y los rendimientos se limitan a 5.000 kilos por hectárea, menos de la mitad del límite en la DO jerezana, para luego extraer únicamente del 55% al 60% del jugo de la uva, todo primera yema.

Para más detalle, Del Río hijo señala que se trata de un Fino en Rama, que se embotella sin filtrar para favorecer su envejecimiento en botella, “que está siendo maravilloso porque lo está redondeando”. De hecho, la primera saca se hizo en abril y está saliendo ahora, casi todo para exportación, si bien una pequeña parte se la queda Vilaviniteca para su distribución en exclusiva en España.

Carlos del Río hijo venencia el Fino Viña Corrales en presencia de su padre homónimo. Carlos del Río hijo venencia el Fino Viña Corrales en presencia de su padre homónimo.

Carlos del Río hijo venencia el Fino Viña Corrales en presencia de su padre homónimo. / Pascual

Cuando compraron la bodega al empresario sanluqueño Juan Piñero, había 74 botas del soleraje del Fino Camborio (solera, primera y segunda criadera) en perfecto estado de revista por la buena mano del enólogo, también sanluqueño, Ramiro Ibáñez. Esas mismas botas son las que hoy forman la solera de Viña Corrales, a las que han añadido otras tres criaderas, de la tercera a la quinta, en las que se concentra la elaboración de los sobretablas procedentes del viñedo propio de Balbaína con el que reponen las mermas, arroba y media por bota y año, asegura.

Según Carlos del Río padre, la previsión inicial era hacer una saca de 10.000 botellas pero las circunstancias no lo han permitido. No obstante, a final de mes harán una nueva saca de entre 3.000 y 5.000 botellas, “lo que dé la solera”, para atender parte de la demanda, porque “nos están llamando de todos sitios”.

Bodegas San Francisco Javier, o lo que es lo mismo, el proyecto que supone el estreno estelar de Peter Sisseck en Jerez, adquirió una segunda viña en el Pago de Macharnudo, ‘Viña Cruz’, que dará nombre al segundo Fino de la casa dentro quizás de un par de años. A diferencia de su hermano mayor, la solera del futuro jerez de crianza biológica de Macharnudo se hizo desde cero y la forman 21 botas.

Conociendo a Sisseck y compañía, seguro que no pararán hasta lograr 100 puntos Parker, los mismos que jalonan a Pingus en la última revisión de los vinos de Sisseck.

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