Jerez

El museo escondido

  • Antolín Díaz muestra en su casa 136 trajes que se erigen en la mejor referencia sobre cómo Andalucía entiende la sastrería

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Hace apenas tres meses que el conocido sastre jerezano Antolín Díaz Salazar decidió dar por zanjada su vida laboral. Y lo ha hecho nada menos que a los 78 años. Ahí es nada. Como legado deja uno de esos rincones mágicos de Jerez que muy pocas personas conocen, apenas sus clientes y algunos buenos amigos. Se trata del Museo del Traje Andaluz, tres salas en las que expone el trabajo de toda una vida y que retiene entre sus costuras, telas y diseños buena parte de la esencia de ese arte que tienen Jerez y Andalucía a la hora de vestirse para torear, montar un caballo o, simplemente, dejarse ver. Está en la céntrica calle Bizcocheros, en el domicilio de este maestro sastre artesano.

Aunque en este reportaje hablemos de museo el término no es exacto pues las salas que Antolín tiene como espacio expositivo están dentro de su casa y no son de público acceso. A este veterano y conocido sastre no le importaría que su legado de 136 trajes -realmente admirables- pudieran ser de público acceso, además, como él mismo dice "yo no pido nada para mí". Uno de sus más firmes admiradores es Manuel García Santos, propietario de la conocida tienda Pleximar y presidente de la asociación de comerciantes Asunico. "Llevo años diciéndole que su trabajo es un atractivo importante para Jerez, que hay que sacarlo a la luz. Es más, voy a intentar que nuestra alcaldesa, María José García-Pelayo, venga hasta aquí y conozca el potencial de esta muestra".

No es para menos. En ese casi centenar y medio de trajes que Antolín ha realizado hay de todo un poco: desde modelos Belmonte a marsellés clásico, pasando por los modelos Festival, los atuendos de la Real Escuela, los modelos de paseíllo, las vestimentas que lucieron los cocheros de la Infanta Elena el día de su boda con Jaime de Marichalar, levitas de todo tipo, de estilo inglés, húngaras, vestimentas goyescas, para torear, para rejonear... Es un sinfín de estilos que llama poderosamente la atención del visitante. Más llamativas aún son las anécdotas que atesora este veterano de la aguja, como por ejemplo que la ganadera familia de los Miura siempre le pedían chaquetillas con cuellos, algo muy inusual. A lo largo de estos años Antolín Díaz Salazar ha conseguido ser el sastre de referencia de instituciones tan destacadas como la Real Escuela del Arte Ecuestre, la Accademia Italiana di Arte Equestre o de la Yeguada del Hierro del Bocado.

Este sastre, que tiene clientes repartidos por todo el mundo, comenzó a crear esta colección "hace unos 25 años". Se trata, según dice, "de trajes, de vestimentas que jamás ha llevado nadie, son absolutamente exclusivas". El hecho de que sus hijos optaran por carreras profesionales muy distantes de la aguja y el jaboncillo es algo que su padre entiende porque "este es un trabajo de una dedicación absoluta, de echarle 14 ó 15 horas diarias". Díaz Salazar comenzó a aprender la profesión cuando apenas tenía 15 años. "Por entonces estaba estudiando Comercio", recuerda, a la vez que apunta que su tienda, ubicada en los soportales de la plaza Esteve, "se fue llenando de gente". Fue entonces cuando, consciente de que su clientela no podía esperar en la calle a que se vaciara el minúsculo local, cuando decidió dar un cambio de aires y la exposición (hoy erigida en museo) tomó forma. En alguna que otra ocasión ha pasado por su cabeza abrir un museo "pero no ha sido posible porque me dicen que las instalaciones no reúnen las condiciones necesarias". A fin de cuentas se trata de la planta baja de su casa, un lugar donde junto a los trajes se acumulan cuadros de bella factura con el caballo como protagonista (entre ellos algunos de su hija), piezas de bronce y carteles que fueron historia de las ferias jerezanas y de los espectáculos de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre.

Entre sus clientes están destacadas figuras del toreo como Rafael Paula, 'El Juli', como ya ha quedado dicho los Miura, Hermoso de Mendoza y Paco Ojeda, entre muchísimos más. No quiere Antolín que el legado se pierda: "Aquí va tanto mi vida como mi dinero, pero quiero que quede claro que no pido nada a cambio". La más clara conclusión que se saca de una visita a este museo olvidado en pleno centro es que se trata un atractivo que Jerez está dejando pasar por alto. Tiene exquisitez, es único y aportaría un valor añadido a la oferta de una ciudad que tiene en la explotación del turismo uno de sus principales recursos, por no decir el mayor de ello.

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