XXI Congreso de la Fundación Caballero Bonald Buen humor de puño, letra y sangre

  • Elvira Lindo abre el Congreso con una lectura sobre su vida, y parte de su obra, a través de las páginas de ‘30 maneras de quitarse el sombrero’

Elvira Lindo, junto a Felipe Benítez Reyes, este miércoles, en la Fundación.

Elvira Lindo, junto a Felipe Benítez Reyes, este miércoles, en la Fundación. / Miguel Ángel González (Jerez)

La escritora Elvira Lindo y Felipe Benítez Reyes abrieron este miércoles el XXI Congreso de la Fundación Caballero Bonald con humor, como se espera que así se desarrolle hasta su conclusión, este viernes. Respuesta masiva a un programa que este año está dedicado al ‘Humor en la literatura’. “El humor en distintas facetas creativas para deshacer eso de que el humor es una banalización de la literatura, así como de otras disciplinas”, dijo Benítez Reyes en la no-presentación de Lindo, “a la que no hace falta que presente porque dirán ustedes que es mejor que diga quién soy yo”, bromeó.

Elvira Lindo, que habló de ‘El buen humor’, fue de las primeras en contestar que sí cuando le propusieron asistir al congreso. Contó la historia de su vida, o de gran parte, antes de hablar de su obra. Lo hizo a través de la lectura, durante más de una hora, de su obra ‘30 maneras de quitarse el sombrero’ (Seix Barral).

“El humor es una característica de fábrica y si además la tienes como una característica de la vida, del día a día, es un don”, dijo, para contar que lo gracioso que había en ella de niña fue objeto de burla en su primeros años. Y diferenció al humorista del graciosillo de turno, que desprecia. “El gen del humor no es enlazar chistes sino tener esa innata peculiaridad de trufar los discursos con un toque raro de comedia”.

Pero Elvira Lindo hubiera querido “ser una niña seria, con aplomo, no repelente, sino todo bondad y sabiduría. Decir que sí cuando tocara y un no sereno cuando conviniera. No estoy hecha así ni antes ni ahora”. Recordó las tertulias familiares o con amigas en las que su madre relataba la desgracia que había sido el nacimiento de la niña, con la que empezó su trama. Fue en 1962, en un hospital de Cádiz, aunque finalmente que fuera una niña a la madre le consolaba por ese paralelismo, cuatro hermanos, dos varones y dos hembras. Ser cariñosa y alegre “me salvó del pecado de nacer... y no ser retrasada. Esas madres transparentes y sufridoras que parecían hacer competiciones entre ellas para ver quién sufría más el sacrificio de los hijos”.

Ser cariñosa y alegre le ha dado a Lindo mucho trabajo en la vida, “porque enfadarme no me sale bien. Mi marido (Antonio Muñoz Molina) dice que vivo prisionera de mi simpatía. Daba lástima de lo alegre que era, no como mis hermanos, que eran tan tímidos”.

Ha hecho de la ironía un oficio. Reconoce que padece de torpeza a veces para entender las cosas, “y miro con intensidad en ocasiones, algo que puede parece descaro pero lo hago para descifrar o entender lo que veo u oigo”.

Muchos de sus miedos y pesadumbres infantiles los muestra a través de su personaje Manolito Gafotas. “¿Por qué no fue Manolito una niña?, me preguntan a veces. Por el influjo de mis hermanos varones hubiera preferido ser un niño, porque se les pide menos certificados de buen comportamiento”, justificó, y relató algunas de las censuras que ha vivido el personaje en países como EEUU, otras formas de entender el humor, o malentenderlo. Cree al respecto que el próximo Manolito “estudiará Periodismo y será para adultos”.

Lindo dijo que su humor “no cuadra con lo que se espera de una mujer. Espíritu rebelde e inconformista, soy feminista inconsciente, y cuando alguna mujer rígida se sienta a mi lado, tiendo a ser incómoda”. Pero Elvira Lindo ya no intenta hacer gracia, “y uso el humor cuando estoy de humor. No me gusta que las mujeres tengamos que ser la chispa de la actualidad”. Contó al caso su tiempo en Nueva York, cuando Muñoz Molina era director del Instituto Cervantes, “un tiempo más triste que yo atacaba con artículos gamberros. Fue un salvavidas”.

Con el buen humor en la sangre, cómica sin remedio, sensible, tuvo palabras de homenaje a sus padres, ya fallecidos. A pesar de la rigidez de una madre, a quien confiaba sacarle una sonrisa si la viera hoy; y de un padre, al que amaba por sus imperfecciones. “Desde el lugar de la muerte ellos me sobreviven a mí en lo que escribo”.

La jornada la cerró una mesa de debate sobre ‘El humor y las vanguardias’ por Juan Bonilla, Benjamín Prado y María Alcantarilla.

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