Honorio, Eutiquio y Esteban
Jerezanos bizarros de ayer y siempre
ESTA es la historia de tres jerezanos que jamás existieron. El asombroso caso de Honorio, Eutiquio y Esteban, quienes llegaron a ser patrones de una ciudad que nunca conocieron. El error de los errores o cómo la mala interpretación de unos documentos antiquísimos transformó la vida jerezana hasta el punto de colocar a tres desconocidos en la cima de la devoción local.
A finales del siglo XVI Jerez era una ciudad llena de conventos. Tal era la saturación de frailes y monjas que la llegada de una nueva orden religiosa provocaba la protesta (en muchos casos violenta) de los monasterios ya establecidos. Unos de los últimos en afincarse en la ciudad fueron los jesuitas, quienes acabaron pos establecerse junto a la parroquia de San Marcos. Con el fin de atraer fieles (o lo que es lo mismo, limosnas), los miembros de la Compañía de Jesús iniciaron una campaña a finales del XVI para rescatar del olvido a tres mártires de los primeros tiempos del cristianismo que habían muerto por defender su religión en Asta, ciudad que algunos autores habían identificado con Asta Regia.
Una vez que el Ayuntamiento conoció la noticia, escribió una carta al papa Clemente VIII, quien ordenó al arzobispo de Sevilla abrir una investigación sobre la veracidad de la historia. El 16 de octubre de 1603 se autorizaba el culto a los mártires y poco más tarde se esculpieron sus imágenes, colocándose (con gran fiesta) en la iglesia del Colegio de la Compañía que a partir de entonces pasó a llamarse Santa Ana de los Mártires. Por si fuera poco, Honorio, Eutiquio y Esteban fueron nombrados patrones de Jerez. En 1617, por encargo municipal, el padre Martín Roa escribió la hagiografía de nuestros bizarros amigos. Dejemos que sea él quien nos la cuente.
Érase una vez, en “la antigua i real ciudad de Asta, Colonia de los Romanos, a quien oi conocemos por el nombre de Xerez de la Frontera, si bien otros la situan seis millas distante della. Vense las ruinas, i destroços de los edificios, con el mismo nombre: aunque aora se llama la Mesa de Asta, por estar el sitio de su fundación algo levantado, casi en forma redonda, sobre las tierras vezinas. Aqui nacieron los tres Santos, Honorio, Eutichio, i Estevan, sino al mundo (que desto no dexaron razon los que escrivieron sus hechos) a lo menos al cielo conquistandolo con su vida, i mereciendolo con sus obras. De su niñez i criança, todo lo dexaron aquellos siglos a nuestro discurso, para que de la exelencia del fin adonde arribaron, entendiessemos la proporcion de los medios por donde llegaron a conseguirlo”. Esto y nada, es lo mismo.
Pero tampoco se crean que lo que sigue tiene mucha más enjundia. Estos santos misteriosos salidos de la nada se dedicaron a predicar la Doctrina Cristiana en Asta, intentando hacer ver a los gentiles que vivían en el error. Los paganos no se tomaron muy bien el asunto y los denunciaron ante un juez malvado, quien les amenazó con graves penas si seguían injuriando a los dioses del Olimpo. Pero no hubo manera. “Conociendo el juez su constancia, a quien los ignorantes llamavan desesperacion ; i desesperado el de doblarla a su parecer, mandoles dar varios generos de tormentos tan sangrientos, como encarniçado el pecho, de donde salian sus invenciones. Gozosos ellos de sus dolores, el coraçon en Dios, i la lengua en sus alabanças, ni se apartaron del, ni cessaron de ellas, hasta que rendido el cuerpo, i desfallecido con la crueldad de los tormentos, i rabia de los verdugos, las almas se desataron de aquellas prisiones de tierra, i subieron gloriosas al cielo, donde anegadas en el pielago de la suavidad eterna, i vista buena de su hazedor, eternamente reposan. Fue su martirio a los veinte i uno de Novienbre, por los años trezientos y tantos (cógete el coño), a lo que puede conjeturarse; quando aquellas dos furias humanas Diocleciano i Maximiano perseguian la iglesia”. Como pueden comprobar, esta historia podría aplicarse a la mayor parte de mártires de los primeros tiempos del cristianismo, y más bien parece un borrador sobre el que añadir nombres, fechas exactas, torturas explícitas, frases heróicas y todo tipo de florituras que el padre Roa (con una honradez pasmosa) no quiso inventar.
“Perduró el nombre de Asta, quedó la poblacion con el de Xerez, 11i conservaron sus moradores la memoria, i devocion de sus Martires. Gastóla despues el tienpo, que ni aun lo mejor perdona, las mudanças de Inperios, las guerras, la servidunbre de los Cristianos en el señorio de los Moros. Resuscitóla en nuestros dias esta nobilissima, i Cristianissima Ciudad, grande y antigua poblacion (segun podemos conjeturar) de los primeros fundadores de aquella parte de España vezina a los mares Mediterraneo y Occeano: conocida por las muchas buenas calidades de su suelo, i cielo, i las que dellas participan sus Ciudadanos”.
En efecto, durante largos años Jerez veneró como sus patrones a los Mártires de Asta con sus misas solemnes y una procesión general que se celebraba cada 24 de noviembre. Pero dos hechos vinieron a mandar a su sitio a quienes nada tenían que ver con la ciudad. En primer lugar, a comienzos del XVIII San Dionisio (en cuya festividad se conquistó Jerez a los musulmanes) desplazó del patronato a los mártires. Pero lo más grave estaba por llegar. En 1747 el padre Enrique Flórez publicaba la primera parte de La España Sagrada, donde desmontaba el tocomocho de los héroes jerezanos. Según el Martirologio Romano, los santos fueron martirizados en Asti (Italia) y no Asta (camino de Trebujena City), incluso otros martirologios afirmaban que Honorio murió en Antioquía (en la actual Turquía) y sus compañeros en Austis, lugar que algunos autores habían identificado como Ostia, junto a Roma. Amén del baile de ciudades, la prueba definitiva para el padre Flórez de la falsedad de los santos patrios, era que en ningún breviario antiguo de las iglesias andaluzas hacía referencia al martirio en estas tierras de Honorio & Co. De hecho, no fue hasta 1538 cuando el arcediano de Ronda Lorenzo de Padilla los incluye, por primera vez, en el catálogo de santos de España.
Fue cuestión de tiempo que la Iglesia prohibiese el culto de los Mártires de Asta, que resultaron ser más falsos que nuestra anterior alcaldesa.
Hoy la memoria de Honorio, Eutiquio y Esteban sólo queda en el primitivo retablo del Colegio de la Compañía (hoy en San Dionisio) y en el de San Pedro de la Catedral, donde están representados, además de en una calle denominada San Honorio, que alinda con lo que algún día (Dios mediante) será la Ciudad del Flamenco. Y por supuesto, en el corazón de los amigos de lo bizarro, quienes aún celebramos cada 24 de noviembre su fiesta en privado.
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