Cultura

La llama vacilante

La llama vacilante La llama vacilante

La llama vacilante

Cumplidos los 75 años de su muerte, Alianza recupera este volumen seminal donde Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia reunieron, con admirable minucia, la dispersa obra poética de Miguel Hernández. Una dispersión que no fue sólo fruto de la guerra y del infausto desorden que acarrea, sino de los propios descartes del autor y del carácter fugaz de las publicaciones (diarios y revistas) donde vieron la luz muchos de ellos. Por otra parte, cabría preguntarse acerca del porqué de la discreción, cuando no olvido, de este aniversario de Miguel Hernández. Y no sabríamos aventurar ninguna razón razonable. Debe bastarnos, en cualquier caso, la palabra misma del poeta, reunida con rigurosidad y limpieza. Una palabra, de altísima y violenta llama, que acaso sorprenda a las generaciones que hoy se asoman a la lírica.

Resulta inevitable, por otro lado, establecer un paralelo, no siempre afortunado, entre la peripecia vital del poeta y la deriva histórica de España. Los acontecimientos que se precipitan con la Guerra Civil, y el sobrecogedor infortunio que se abatió sobre los españoles, obtienen un vivo reflejo tanto en la vida como en la obra de Miguel Hernández. Buena parte de su poesía viene dictada por esa realidad lacerante y hosca. También cuando el poeta no sea ya el combatiente, sino el presidiario enfermo que contempla, acaso con horror, el agotamiento y la ruina de cuanto ama. Antes, sin embargo, Miguel Hernández ha ardido en la gloriosa pira del 27, y ha conocido la greca y el enigma gongorinos. De esta varia lección se obtiene, necesariamente, una poesía heteróclita. Y no tanto por la diversidad de temas, el amor y la muerte, la guerra y su contrario, cuanto por los diversos modos en que alcanza la pureza. Una pureza que en Miguel Hernández tiene mucho de tradicional, de popular, de "viento del pueblo". Y si a primera hora la alcanzó con el conceptismo alado de Quevedo, con la baraja culta de don Luis de Góngora, será Zurbarán, su definitivo y crudo despojarse, quien nos diga la última palabra.

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