Aviajero le invita a comer su hermana en Madrid. Van a un restaurante que no es Lhardy ni una tasca de barrio. Especializado en cocido, con premios.

Es la hermana la que elige el vino: entiende más de vinos y tiene más mundo "gourmet". Al traer la botella, desarrollan el ritual de echar un poco en una copa y darlo a probar. Sorprendentemente, habiendo sido ella la que eligió el vino tras un intercambio de pareceres sobre la carta, el camarero le ofrece a él la prueba del vino. "A ella, por favor" dice el viajero.

A la hora de pagar, la hermana - que, recordemos, invitaba - pide la cuenta e indica que pagará con tarjeta. Al traer el datáfono se lo presentan … otra vez a él. Y para rematar la faena el camarero, al ver que pagaba ella, le dice al viajero. "Cuando sea mayor, quiero que me traten como a usted". Viajero y hermana se quedan sin palabras y sin reacción ante "la broma".

Estas cosas pasan mucho. Son demasiados años de atavismos machistas. Por un lado, pensar que la mujer no debe beber y, sobre todo, que no está capacitada para apreciar y disfrutar el placer material e intelectual de degustar un buen vino. Y por otro, creer que la mujer tiene que estar supeditada económicamente al hombre. Y, si no es así, será porque este es un privilegiado, un aprovechado, un "mantenido". El problema es que esas actitudes, conscientes o no, perviven incluso entre profesionales que las debían haber superado. Son comportamientos que van más allá del micromachismo y, se quiera o no, comparten raíces culturales con la violencia de género. Violencia que no se puede borrar, ignorar ni cambiar de nombre y contra la que tienen que luchar hombres y mujeres.

El reciente 25-N y la lucha contra la violencia de género siguen teniendo sentido y razón de ser porque aún sufren y mueren demasiadas mujeres.

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