El parqué
Rotación hacia rezagados
Nos has abandonado, Álvaro Domecq. Nos has dicho adiós sin aviso previo y cuentan las crónicas que has dejado a Jerez de luto. A Jerez, a Cádiz, a Andalucía, a España, al mundo del toro y al mundo del vino excelso de la excelsa tierra andaluza. Y me has vestido de luto a mí, que tuve el extrañísimo privilegio de entregarte, como si tuviera algún mérito para ello, la distinción de Embajador de la Provincia de Cádiz, por encargo de esa gran creadora, la mítica Lola Rueda.
Guardo las fotos de ese momento como si fuesen el testimonio de uno de los pocos orgullos de que puedo presumir. Recuerdo tus palabras como si fuesen mi consagración como Caballero de la Real Orden de Domecq, que un día de estos tendremos que fundar, con sede oficial en el corazón de cualquier andaluz que se precie o que, simplemente, admire el arte del rejoneo.
En esta hora de tristeza y emociones, calientes todavía las palabras de despedida, este viejo cronista se acerca a tu figura y te dice una sola palabra salida del alma: ¡gracias! Gracias por dignificar todo lo que has tocado. Gracias por haber sabido ser un andaluz de honra y gloria. Y gracias por enseñarme a ponerle nombre de persona al toro, al vino, a la bodega y por enseñarme a amar todo lo que luce el hermoso y sugestivo gentilicio de andaluz.
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