El parqué
Rotación hacia rezagados
Como en España se estudia lo que denigra lo español y enseñan como auténticas las versiones más deplorables que de lo hispano han construido franceses, ingleses y holandeses a lo largo de la historia moderna, el resultado práctico de este desatino es que no tenemos ni pajolera idea de lo mucho y bueno que España ha dado a la historia de la humanidad. Quizás, la que más.
De entre estas bondades, una de las que más satisfacción me dio conocer fue la de los llamados Juicios de Residencia. Se trata de una institución jurídica castellana que, si bien tiene sus orígenes en las partidas de Alfonso X, fue con los Reyes Católicos con los que se generalizaron desde las Ordenanzas de Toledo de 1480. No desespere el lector porque, aunque parezca que el tema huele a naftalina, resulta de rabiosa actualidad. Ni que decir tiene que, pese a ser licenciado en Derecho el que suscribe, nada de esto se mencionó en la Universidad.
Estos Juicios de Residencia tenían por objeto evitar la corrupción de los funcionarios y autoridades ya que, al finalizar su mandato, se comprobaba obligatoriamente que gobernadores, virreyes, corregidores y otros altos cargos hubieran actuado conforme a la ley, sin incurrir en abusos de poder y sin corrupción. El procedimiento era brillante. Al terminar el mandato, la Corona asignaba un Juez que iniciaba una primera fase secreta en la que recopilaba pruebas y testimonios sobre la actuación del funcionario. Posteriormente, en una fase pública, los ciudadanos podían formular acusaciones y el funcionario defenderse. Practicada la prueba, el juez dictaba una sentencia que podía ser condenatoria, con imposición de multas o inhabilitaciones; o, por el contrario, absolviendo al funcionario por ser ‘recto y buen ministro’, pudiendo así optar a mejores empleos.
Que bueno sería que los políticos actuales, funcionarios y demás cargos supieran que al cesar iban a ver sometida su actuación a una información privada y pública, bien para premiarle, bien para engrilletarle. A todos y obligatoriamente. Demasiado hermoso.
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