El parqué
Sesión ligeramente a la baja
Anda la sociedad hecha unos zorros, de tan deplorable, sucio y desaliñado que se encuentra el panorama. Mires por donde mires pareciera que todo está hecho polvo y desarticulado. Lo mismo da Ucrania, que Europa que México. No digamos España. Tanto da que sea un estado que una agrupación musical, lo mismo da una hermandad que la santa Iglesia católica con sus malogrados ecumenismos. Como si todo estuviera hecho una miseria. Peleas por todas partes, contiendas, riñas y altercados.
Queriéndome explicar tal situación, me retrotraigo a los antiguos, que siempre fueron sabios en el encaje y explicación de lo humano amenazado. Me gusta citar una frase del torero Rafael Gómez El Gallo. Uno de su cuadrilla le preguntó: “Maestro, ¿qué es lo clásico?” “Lo clásico es aquello que no se puede hacer mejor”. Pues eso, lo clásico. Hay en la antigua Grecia un poema, atribuido erróneamente a Homero, que narra una guerra absurda entre ranas y ratones: la Batracomiomaquia (βάτραχος, ‘rana’, μῦς, ‘ratón’, y μάχη, ‘batalla’). Dicen, quienes saben, que es una sátira de la Ilíada, y que utilizando un lenguaje elevado describe un conflicto ridículo. El príncipe de los ratones, Hurtamigas, quiere saciar su sed en un estanque, y entonces el rey de las ranas, Hinchacarrillos, le pregunta por su origen y por su sexo. Hinchacarrillos invita a Hurtamigas a visitar su reino. Montado ya el ratón en el lomo de la rana, que lo lleva nadando por el estanque, aparece una serpiente de agua, y el rey de las ranas se asusta y se sumerge en el agua, y deja abandonado a Hurtamigas, que hace votos de venganza y se ahoga.
Pensando que Hinchacarrillos lo ha ahogado adrede, Roepán, rey de los ratones y padre de Hurtamigas, declara la guerra a los batracios. En una asamblea, los ratones deciden vengarse de las ranas con una campaña militar mandada por el rey Roepán, y se equipan para ello. En un concilio, Hinchacarrillos decide poner a las ranas en armas. Los ratones envían un heraldo a las ranas para declararles la guerra. Zeus convoca a los dioses: entre todos se pretende que la guerra tenga una culminación neutral. Así, Zeus abre el campo de batalla. Tras muchos esfuerzos diversos, la batalla parece estar inclinada al éxito de los ratones gracias al «gran rendimiento» del roedor Robaparte, lo que fuerza a huir a las ranas.
Zeus prevé en ese momento la destrucción de las ranas, y pide a los dioses que intervengan. Así lo hacen bajo el consejo del dios Ares, pero su fuerza no es suficiente para poner fin a la refriega. Ares propone a Zeus que lance su terrible rayo, y eso hace Zeus que a pesar de que despidió un trueno, que hizo estremecer el vasto Olimpo, en seguida lanzó el rayo -temible arma de Zeus- que voló, serpeando, de la soberana mano. Su caída a todos les causó pavor, así a las ranas como a los ratones.
Me encantan los nombres de los protagonistas. No se les hubiera ocurrido ni a los intelectuales de los premios Goya. Una caricatura que parodia la seriedad de los conflictos épicos y la naturaleza humana, siempre tan exagerada y extremista. No hay duda de que Quevedo conocía el poema. Lástima que ya no se enseñe ni se divulgue; mejor nos iría.
Anda nuestra sociedad llena de Hurtamigas, Hinchacarrillos, Roepán y Robaparte, campeones de la discordia en redes, creadores de ciénagas y lodazales, de ahogados de cualquier bando que buscan venganza y exterminio del contrario ¡Zeus nos proteja!
Todo ello me lleva a su vez a Esopo, otro clásico, esta vez con una fábula análoga y de conveniente aprendizaje: El ratón y la rana, en la que trata sobre un ratón que se hizo amigo de una rana, quien, con intenciones de burla, ata su pierna a la de su amigo. Así, marchan por tierra para alimentarse, hasta acercarse a la orilla de un pantano. La rana, sin más, salta dentro sumergiéndose hasta el fondo, llevándose al ratón consigo. El ratón terminó ahogándose y quedó flotando en la superficie, lo que provocó que un milano lo avistara desde las alturas. Descendió la rapaz y se lo llevó para comérselo luego. Cuando sacó al ratón del agua, la rana también fue capturada, y así, compartió el mismo destino que su enemigo.
A este paso, digo yo, sin demasiada convicción didáctica, que como sigamos enzarzados en acciones malas y discordia continua, puede venir el milano de Zeus y darnos el zarpazo definitivo, porque las acciones que se hacen intencionadamente con maldad se pagan al mismo precio por parte de quien las comete. Hemos convertido todo en un campo de batalla, en un rastrero modo de vivir enfrentados. Me pregunto ¿a cuenta de qué y para qué? Sangre, sudor y ancas.
Todos enzarzados en discusiones bizantinas: sillas, palcos, carreras oficiales, horarios, parones, túnicas, trompetas y zarandajas, reparto ¿y de lo mío qué? Lo de siempre elevado a la enésima potencia. Decretos, reglas, nazarenos a la deriva, juntas de gobierno ortodoxas, palacio arriba palacio abajo, permiso que niego permiso que doy. Todo un arsenal de preparativos para darle culto a Zeus, o a Baco, o a Marte.
Nunca pensé que un acontecimiento tan estético y elevado, de tanto culto y espiritualidad pudiera crear una Ilíada tan cómica y ridícula como la de los batracios que acabo de exponer. Véanse las redes y programas -(los hay serios)- que para tales actos desarrollan los dimes y diretes. Muchos Hurtamigas y no pocos Hinchacarrillos. Tratándose de un conflicto entre ranas y ratones podría pensarse que el dios cristiano no quiera entrar en el asunto.
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