La comedia de O’Hara
Cuando descarrila la dignidad se destrozan familias
El pasado y negro 18 de enero no descarriló solo un tren en Adamuz. Descarriló algo más delicado: la confianza y la dignidad de sus responsables. Porque cuando el hierro se sale de su raíl y la tragedia asoma, la primera pregunta no es técnica ni jurídica. Es moral. ¿Hubiera sido evitable? Todo indica —y eso es lo vergonzosamente grave— que sí. Y cuando una tragedia de esta dimensión es evitable deja de ser accidente para empezar a parecerse peligrosamente a una negligencia con resultado de 46 muertos además de los heridos. Muchas familias destrozadas…
En España los trenes no se caen del cielo. Circulan por infraestructuras que envejecen, que se fatigan por el uso y desde que entraron nuevas compañías por el incremento de desgaste. Los trenes circulan por sistemas que requieren mantenimiento constante y por presupuestos que se aprueban en despachos lejos de las vías. Ahí empieza el problema. El mantenimiento no luce en titulares, no corta cintas, no da votos rápidos. Pero salva vidas. Y cuando se recorta, se difiere o se maquilla, la estadística acaba escribiéndose con nombres y apellidos. La pregunta incómoda: ¿Hubo falta de mantenimiento? ¿Faltó diligencia? ¿Se alteraron prioridades presupuestarias? ¿Se maquillaron operaciones para que cuadraran cuentas mientras se desajustaban raíles? No hablamos de teorías conspirativas, sino de responsabilidad política que pudiera derivar en responsabilidad penal. ¿Y la ética?
El ministro asegura que se actuó conforme a los protocolos. Es la frase clásica, el salvavidas verbal. Pero los protocolos, cuando se repiten como un mantra tras una tragedia, suelen sonar a coartada. Decir “todo estaba en regla” cuando un tren descarrila es como decir que el barco estaba homologado mientras se hunde. Puede ser cierto… o puede ser irrelevante. La gestión pública tiene una trampa peligrosa: la contabilidad puede estar impecable mientras la realidad se cae a pedazos. Se pueden cuadrar presupuestos y descuadrar conciencias. Se puede ahorrar en mantenimiento y gastar después en discursos o cosas peores... ¿Verdad Ábalos y compañía?
Aquí no basta con comisiones, ni con comparecencias calculadas al milímetro. Hace falta algo más incómodo: depurar responsabilidades sin maquillaje, asumir “errores” si los hubo —y todo apunta a que los hubo— y dejar de tratar cada tragedia como un episodio aislado. No lo es. Es una cadena, ya venían avisando los múltiples fallos e incidencias en el día a día. Y alguien sostiene el primer eslabón.
Adamuz no necesita palabras templadas ni silencios estratégicos. Necesita verdad.Y la verdad, cuando se retrasa, también descarrila. Porque los trenes pueden salirse de la vía una vez. La democracia, no debería permitírselo. Mientras tanto el presidente del Gobierno da la cara por su ministro descarrilado de vergüenza y desprecia a las víctimas y sus familias no acudiendo a la misa funeral en Huelva. El que huye algo teme … y vaya usté condió.
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