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En octubre del año pasado el Ayuntamiento anunciaba una importante intervención en la plaza del Caballo con el fin de mejorar sus elementos y la estética del entorno.
Bien es cierto que ante un anuncio de este tipo siempre queda el miedo de que quede peor, sobre todo tratándose de un espacio presidido por uno de los mejores monumentos que tenemos en Jerez: el Monumento al Caballo.
Realizado en 1970 por el escultor Antonio Navarro Santafé, está considerado como una de sus obras culmen. Un reconocido artista español entre cuyas obras escultóricas cabe destacar la famosa Estatua del Oso y el Madroño en la Puerta del Sol de Madrid o el Monumento al Toro de Lidia en El Puerto de Santa María.
En el Monumento, los caballos son grandes -como deben ser-, rotundos y llenos de fuerza. Dialogan entre sí, avanzan, se impulsan. Un símbolo indiscutible de la ciudad: dos caballos que corren libres, majestuosos.
Muchas veces estamos tan acostumbrados a pasar por delante que no miramos la fuerza que transmiten. La altura es perfecta, la escala funciona, el conjunto impone sin resultar desmesurado. Lo único que falla, para mi gusto, es su base.
Aunque en otras ciudades este tipo de esculturas se alzan sobre pedestales, en Jerez su asentamiento sobre un monte la ha hecho singular y parte de nuestra memoria colectiva. El problema no es ese, sino que en algunos ángulos la vegetación le resta visibilidad. Y es una pena que un monumento con tanta calidad artística y simbolismo quede, en parte, oculto.
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